Resumen
Información, conocimiento, cognición: estos conceptos son moneda común en el campo de la Información y Documentación, pero sólo a partir de la aparición de las Ciencias Cognitivas a mediados del pasado siglo adquirieron un papel operativo en la epistemología contemporánea. ¿En qué medida sería beneficioso un acercamiento por parte de los bibliotecarios-documentalistas al aparato conceptual de las Ciencias Cognitivas?
Introducción
¿Por qué deberían interesar las Ciencias Cognitivas (CC, en adelante) a los profesionales de la Información y la Documentación (ID, en adelante)?
Un primer conato de respuesta haría consideración al hecho de que la ID (en cualquiera de sus denominaciones: Biblioteconomía, Documentación, Bibliotecología, Library Science,…) es una disciplina claramente centrada en el usuario: ¿no sería natural, entonces, preocuparse por una megadisciplina como las CC, que intentan comprender el funcionamiento de la mente humana?
Al punto anterior, centrado en el fundamento de la ID, podríamos añadir otra consideración de carácter socio-económico, recurriendo a la esencia misma de la Sociedad de la Información: según Castells (la referencia ineludible en este ámbito), por primera vez en la historia la mente humana se erige como la principal fuerza productiva (Castells, 2000).
No obstante, en el actual panorama de la ID, ambas consideraciones no parecen muy prometedoras en el intento de justificar un acercamiento por parte de los bibliotecarios-documentalistas al mundo de las CC. Pues, ¿no tenemos ya aplicaciones lo suficientemente satisfactorias como para no habernos de preocupar de cómo se supone que funciona la mente? Este enunciado se puede entender como una variante de los presupuestos de un sector del conjunto de profesionales de la ID: en el actual escenario económico, la profesión debería dar un giro y reducir sus contenidos y fundamentos “humanísticos”, acercándose a un modelo más actual y flexible, centrado en las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), especialmente la informática, y en sus aplicaciones derivadas. Nada de disquisiciones teóricas: seamos pragmáticos.
Por su parte, aquellos profesionales que sí están interesados en el carácter humanístico y social de la disciplina, contraatacan con argumentos que, cuando menos, dan que pensar. Así, López López, sostiene que:
“[…] esta área de conocimiento [la ID] se concibe, para algunos, exclusivamente como una formación profesional; al menos, así la conciben aquellos que rechazan la reflexión intelectual y social, expulsándola, con esta actitud, del rango de disciplina universitaria.”
Y continúa argumentando que:
“[…] el foro profesional de referencia en España (Iwetel) soporta bastante mal intervenciones de tono social, que rápidamente provocan rechazos bajo el argumento -por parte de los moderadores- de que “politizan” la lista de discusión, o de que “no interesan” a la mayoría. Argumento este bastante peregrino, ya que hay muchos temas que pueden ser igualmente minoritarios y que se publican sin plantearse cuánta “audiencia” tienen (piénsese en cualquier asunto especializado: documentación musical, duplicados de revistas, bibliotecas especiales, etcétera). “(López, 2007: p 448).
Desconozco el contenido de las intervenciones a las que hace referencia López López, por lo que haríamos bien en conceder a los moderadores de Iwetel el sano beneficio de la duda. Pero la inversa también es cierta: López López es uno de los mayores expertos a nivel estatal en la investigación de las relaciones entre el mundo bibliotecario y diversos aspectos sociales (es, por ejemplo, miembro del Equipo de Educación en Derechos Humanos de la sección española de Amnistía Internacional), por lo que su testimonio puede contar con nuestra credibilidad.
Este tipo de discusiones no hace más que mostrar lo que Thomas S. Kuhn expresó en su obra clásica La estructura de las revoluciones científicas (Kuhn, 2006): que la ciencia, como actividad humana que es, no está libre de los diversos intereses de los participantes implicados, y que cuando los argumentos fallan o no convencen por sí mismos, son las diversas formas de satisfacción de esos intereses las que pasan a primer plano.
Por mi parte, no tengo ningún problema en conceder que ambas posturas, la “tecnológica” y la “humanística”, están lo suficientemente bien fundamentadas y son lo suficientemente relevantes como para que sean tomadas en consideración: hay sitio para todos.
Y ésta será, precisamente, la línea central que recorrerá mi argumento en favor de un acercamiento de los bibliotecarios-documentalistas al aparato conceptual de las CC. Éstas (las CC) no son un campo dedicado a dar cobijo a las elucubraciones de filósofos aburridos, sino que han dado lugar a una plétora de aplicaciones sorprendentes en las más diversas áreas. No obstante, dichas aplicaciones encuentran su fundamento en la idea que la mente es un tipo especial de ordenador (o, si se prefiere, de procesador de símbolos), idea que es producto de unos presupuestos intelectuales y sociales que, al menos (y nos quedaríamos muy cortos), pueden rastrearse hasta el periodo histórico conocido como la “modernidad”.
De esta manera, podemos afirmar que las CC han proporcionado y proporcionan a la ID herramientas realmente valiosas (piénsese en el diseño de interfícies), pero lo han hecho a partir de una serie de compromisos teóricos: en pleno siglo XXI, sostengo que una mejor comprensión de esos principios puede proporcionarnos mejores servicios y productos documentales.
Este artículo está, por tanto, estructurado en dos partes:
En la primera, rastrearé el papel que las discusiones sobre el conocimiento y la naturaleza de la mente han jugado en el ambiente intelectual y social del pasado siglo XX. Como puede verse, esta estrategia no busca centrarse únicamente en la Sociedad de la Información, o en una exposición directa de los principios de las CC, sino que abarcará los dos grandes periodos sociales anteriores: la modernidad y la postmodernidad. La relación entre estos tres periodos es multifacética y, por tanto, problemática, pero su interacción ha acabado definiendo la supremacía de lo mental en nuestra era. Así, mediante su examen podemos obtener importantes frutos para nuestros intereses.
En la segunda, trazaré las que considero las principales relaciones entre las CC y la ID. Dado que este es un bloc dedicado a la exploración de estas relaciones, aquí no podrá sino primar lo indicativo sobre lo exhaustivo.
Una advertencia antes de comenzar: me he sentido libre de, en la primera parte, centrarme en aquellos hechos o personajes sobre los que existe cierto consenso sobre su papel “clave” en la conformación del panorama intelectual del pasado siglo. Es inevitable, por tanto, que el texto adolezca de lagunas que confío que el lector pueda superar recurriendo a la bibliografía adecuada.
Hecha la advertencia, comencemos.
1. El camino hacia la mente
1.1. Primer esbozo: ciencia y modernidad
¿Qué es la modernidad?: para Anthony Giddens
“[…] la noción de “modernidad” se refiere a los modos de vida u organización social que surgieron en Europa desde alrededor del siglo XVII en adelante y cuya influencia, posteriormente, los han convertido en más o menos mundiales.” (Giddens, 1999: p. 15).
El siglo XVII fue la era de la Ilustración. Como es bien sabido, en este periodo crucial para la civilización occidental la razón se propone como única fuente de legitimación y de autoridad, en contraste a la fe o a la tradición. No puedo analizar en profundidad la Ilustración, ni la modernidad, en todas sus facetas: para nuestros intereses, me limitaré a ofrecer unas breves consideraciones sobre el papel de la ciencia en esta etapa (extraídas de la obra de Dennis Ford The search for meaning: en adelante, me limitaré a mencionar el número de página cuando sea necesario).
Como sucede con todo movimiento social o intelectual, no podemos ofrecer una fecha exacta del momento en que la ciencia comenzó a conformarse tal y como la conocemos hoy día (o, al menos, tal y como la conocemos en su imagen popular). No obstante, sí que podemos analizar aquellos giros intelectuales que han ayudado al proceso. En el caso de la ciencia, el primer giro significativo fue proporcionado por Aristóteles, gracias a la crítica de las formas ideales de su maestro Platón.
¿Qué es una “forma ideal”?: muy brevemente, Platón propuso que las entidades de este mundo son lo que son (una silla, un árbol,…) en virtud de corresponder con formas ideales que existirían en, literalmente, otro mundo. La correspondencia podría ser más o menos perfecta, cosa que explicaría la variación existente dentro de un grupo de las susodichas entidades (así, no todas las sillas son iguales, por ejemplo, pero siguen siendo sillas en virtud de su correspondencia con la idea “silla”).
Para Aristóteles, en cambio, las ideas de Platón no tienen una existencia independiente de las entidades concretas que podemos percibir. Si podemos reconocer la categoría “silla” es porque todas las sillas comparten una serie de características que pueden ser reveladas por la mente en este mundo. No hay necesidad de recurrir a la existencia de un mundo inaccesible de formas ideales: todo lo que necesitamos está aquí abajo:
“Plato’s transcendent Forms became an inherent or imminent structure in this world. Because the Forms were now located in this, rather than in a transcendent world, this world became more important.” (p. 84)
Junto a esta crítica a las formas ideales de Platón, en el pensamiento de Aristóteles destaca la distinción entre “cualidades primarias” y “cualidades secundarias” (p. 82): las cualidades primarias son aquellas que hacen que una entidad sea lo que es, son intrínsecas a la entidad; en contraste, las cualidades secundarias son aquellas que nosotros percibimos en las entidades. Quizá un ejemplo pueda aclarar la distinción:
Examinemos una silla. De ella podemos decir que tiene un cierto peso, una determinada altura,…: todas ellas son sus cualidades primarias. También podemos decir de nuestra silla que es, digamos, marrón en sus patas y negra en su asiento: estas son cualidades secundarias, que percibimos con nuestros sentidos y que no afectan a la esencia misma de nuestra silla, puesto que yo podría ser ciego y nuestra silla continuaría teniendo un cierto peso, una determinada altura,….
Como podemos ver, la distinción de Aristóteles entre cualidades primarias y secundarias es la base de la distinción entre “objetivo” y “subjetivo” en la ciencia:
“Early scientists adopted Aristotle’s distinctions by defining the primary categories or qualities as those that are abstract, measurable, objective, and mathematical (size, shape, number, weight, motion), which inhere in the object “out there”, whereas the secondary qualities are those that the senses perceive or the mind assembles, which reside in the human subject (such as colour, shape, taste, touch, smell, and ideologies).” (pp. 84-85).
¿Cómo hemos de incrementar, pues, nuestro conocimiento del mundo (de este mundo) y de sus entidades? No puede ser, obviamente, a través de las cualidades secundarias, puesto que estas son subjetivas y, por tanto, sujetas a error, una cuestión de opinión y de prejuicio. Tendrá que ser mediante el examen de las cualidades primarias, objetivas, medibles, accesibles sólo mediante la razón:
“In short, for the scientific mind, “all that mattered was matter”. Physical matter contains an inherent structure or harmony that can be described by the alphabet of mathematical and mechanical principles or laws; we obtain knowledge to the extent that we progressively discover and more closely match our thoughts to this underlying, if invisible and abstract, order.” (p. 86)
Para la primera mente científica, en consecuencia, las preguntas relevantes no son las del tipo “por qué” sino las del tipo “cómo”. Dicho de una manera más técnica, la teleología (el “por qué”) se sustituye por un concepto mecanicista de la causalidad:
“The task of understanding and explanation tus becomes a process of analyzing events into a sequence of simpler, atomistic events whose cause-and-effect relationships are governed by unchanging, universal natural laws.” (p. 89)
Entendido el universo de esta manera, la ciencia adquiere un estatus superior a cualquier otro sistema de creencias porque es capaz de predecir fenómenos y, en consecuencia, controlarlos. Así, la ciencia nos permite progresar: mejor tecnología, mejores aplicaciones médicas,…: en suma, mejor “calidad de vida”.
La lista de personalidades que entre los siglos XVI-XVII se adhirieron y/o impulsaron la revolución científica incluye personajes históricos de la talla de Galileo, Copérnico, Newton, Kepler,… No obstante, una vez probado su éxito, los principios básicos de la ciencia y su metodología de difundieron en el tiempo y entre las más diversas disciplinas del conocimiento:
“The great figures of the modern era share the common characteristic of explaining phenomena by tracing them to their simpler physical antecedents. Or, to say this in another way, each of them saw and explained the universe as a great machine. Huston Smith succinctly summarizes this story; “For Newton, stars become machines. For Descartes, animals are machines. For Hobbes, society is a machine. For LaMettrie, the human body is a machine. For Pavlov and Skinner, human behaviour is mechanical”. Darwin and his successors traced the evolution of humankind to simpler and early forms of life and eventually to their chemical components. In so doing, human life lost its uniqueness. Marx reduced human history and idealism (including religion) to impersonal economic forces. […]. Eventually, mind itself was reduced to chemical reactions and the neutralizing solvent of a wholly materialistic physics. Along with mind, of course, the scientific mind also dissolved free will, moral values, motivations, ideologies, politics, the soul, and a meaningful end, as each was, in turn, reduced to indifferent, mechanistic causes.” (p. 94)
Como mencioné en la introducción, el proceso de mecanización del universo iniciado con la revolución científica acabará desembocando, en el s.XX, en la mecanización de la mente humana.
1.2. Segundo esbozo: la postmodernidad
Como hemos visto en el apartado anterior, la racionalidad es un componente fundamental de la modernidad y la de la mentalidad que ésta contribuyó a crear (especialmente, pero no únicamente, en el mundo Occidental). Giddens habla, en este sentido, de la “índole reflexiva de la modernidad”:
“La reflexión de la vida social moderna consiste en el hecho de que las prácticas sociales son examinadas constantemente y reformadas a la luz de nueva información sobre esas mismas prácticas, que de esa manera alteran su carácter constituyente.” (Giddens, 1999: p. 46).
De la mano de la racionalidad y de sus aplicaciones (técnicas), la noción de progreso adquiere el carácter de una nueva religión secular, o mejor, una religión en la que la razón es su principio vertebrador, y que promete a la humanidad una vida de constantes mejoras y avances en todos los ámbitos.
Pues bien, desde finales del s. XIX aparecen en el panorama intelectual un conjunto de pensadores cuya finalidad será desenmascarar estos dos supuestos centrales de la modernidad (la naturaleza desinteresada de la razón y la noción asociada de progreso): poco a poco, el pensamiento se adentra en la postmodernidad.
Recordemos cómo finalizaba la cita de Ford con la que he concluido el apartado anterior:
“Along with mind, of course, the scientific mind also dissolved free will, moral values, motivations, ideologies, politics, the soul, and a meaningful end, as each was, in turn, reduced to indifferent, mechanistic causes.”
Es importante entender que este proceso de “disolución” está implícito en la dinámica de la mente moderna. No podría ser de otra manera: la fundamentación de la justificación para nuestras creencias en leyes universales, observables, medibles, objetivas, deja fuera a una gran parte de la experiencia humana. Los absolutos, pues, los imperativos morales que decían al hombre qué es bueno o qué debería hacer, se quiebran bajo el peso de la razón y su método científico, ya que estos pueden ser examinados y acusados de “subjetivos”: éste es precisamente el sentido del famoso eslogan de Nietzsche “Dios ha muerto”.
¿Qué nos queda después de la muerte de Dios, de los absolutos? Sin una justificación externa, basada en la ley universal, para la conducta humana, lo que tenemos es
“[…] una situación desprovista de valores verdaderamente incuestionables que se pudieran contraponer a los tradicionales y decadentes, la cual crea en los hombres la más absoluta incredulidad, una tendencia hacia la autodestrucción –y aún el suicidio- y una visión absolutamente desengañada del hombre y de la existencia.”
(Nietzsche, 2002: p. 13)
Una situación que Nietzsche caracterizó como “nihilismo” (Nietzsche no fue el primero en utilizar el término, pero sí quién le dio un contenido filosófico más pleno y fructífero). Nietzsche pretendió combatir esta tendencia del hombre europeo con su propia filosofía: una denuncia de esos valores “decadentes” (que él identifico con los valores propios de la cultura occidental, entre ellos la supremacía de la razón), una invitación a la creación de valores propios, personales, una invitación a la vitalidad y a la jovialidad, antes que a la desesperación.
Además, ¿en qué sentido es “cierto” el conocimiento que nos proporciona la ciencia? ¿No está entre los presupuestos de la empresa científica que todo conocimiento es revisable en sus fundamentos, sometible a crítica, refutable? ¿No es la crítica continuada, precisamente, aquello que caracteriza al pensamiento moderno y a su noción de progreso?:
“Se dice frecuentemente que la modernidad está marcada por el apetito por lo nuevo, pero esto quizás no es del todo correcto; lo que es característico de la modernidad, no es el abrazar lo nuevo por sí mismo, sino la presunción de reflexión general en la que naturalmente, se incluye la reflexión sobre la naturaleza de la misma reflexión.” (Giddens, 1999: p. 46; el énfasis es mío).
El ciclo virtuoso de la razón que somete a escrutinio crítico a sus propios fundamentos sólo puede llevar a la consideración de que el conocimiento que obtenemos es provisional, esto es, sólo es cierto hasta que se demuestre lo contrario:
“Aunque la Ilustración y, por tanto, el proyecto moderno debían eliminar la incertidumbre y la ambivalencia, la razón autónoma siempre tendría sus dudas. Estaba obligada a ello si quería evitar volver a caer en el “dogma”. La relatividad del conocimiento quedó incorporada al pensamiento moderno.” (Lyon, 2000: p. 23).
¿Y qué decir de la distinción entre “objetivo” y “subjetivo”? Nietzsche emprendió una crítica feroz a la epistemología moderna, a la creencia en un método objetivo para descubrir la verdad “ahí fuera”. Por un lado, la creencia en leyes inmutables de la naturaleza es una ficción: la realidad es fluida, en perpetuo devenir, no está fijada de una vez por todas. Por el otro, los sentidos, propone Nietzsche, no nos engañan, no hay propiamente un contraste entre “objetivo” y “subjetivo” porque, en todo momento, únicamente podemos conocer el mundo mediante nuestros sentidos: la “cosa-en-sí” kantiana es un absurdo, nuestro acto de “conocer” está contaminado por prejuicios, ficciones, intereses que nada tienen que ver con lo objetivo:
“El carácter interpretativo de todo acontecer. No hay ningún suceso en sí. Lo que acontece es un grupo de fenómenos seleccionados y resumidos por un ser interpretador.” (Nietzsche, 2002: p. 26)
“No se encuentra en las cosas nada más que lo que uno mismo ha introducido en ellas: ¿a este juego infantil del que no deseo pensar mal se le llama ciencia? […].” (p. 36)
¿Y el progreso? ¿Progreso hacia dónde? Los conflictos bélicos, los campos de concentración, los totalitarismos y las injusticias que durante el s. XX han sembrado el mundo de muertos no son precisamente un síntoma de progreso (Fullat, 2002).
De esta manera, durante el pasado siglo diversos pensadores han profundizado en la crítica de los supuestos morales y/o epistemológicos de la modernidad: Heidegger, Foucault, Derrida, Deleuze,…En lo que queda de apartado, voy a centrarme en la obra que introdujo la denominación “postmoderno” en el discurso intelectual contemporáneo: me refiero a La condición postmoderna, de Jean-François Lyotard.
El primer párrafo de la introducción de la obra ya deja bastante a las claras la finalidad de la misma:
“Este estudio tiene por objeto la condición del saber en las sociedades más desarrolladas. Se ha decidido llamar a esta condición “postmoderna”. El término está en uso en el continente americano, en pluma de sociólogos y críticos. Designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas del juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. Aquí se situarán estas transformaciones con relación a la crisis de los relatos.” (Lyotard, 2006: p. 9)
¿Qué hemos de entender exactamente por la “crisis de los relatos”? Anteriormente, hemos visto que el pensamiento moderno encontraba su apoyo en dos grandes ideas: la objetividad de la ciencia y la noción de progreso. En la medida en que podamos decir que la ciencia, efectivamente, hace progresar a las sociedades modernas, el conocimiento que ésta nos proporciona queda legitimado:
“El conocimiento moderno se justifica en relación con grandes narraciones [ie., “relatos”] tales como la creación de riqueza o la revolución de los trabajadores. Nos liberaremos si comprendemos mejor nuestro mundo.” (Lyon, 2000: p. 35).
¿Qué pasa cuando es la idea misma de progreso la que se cuestiona? ¿Qué pasa cuando descubrimos que puede que la ciencia no sea tan objetiva como pensábamos?: que el conocimiento, y la capacidad de la ciencia para determinar qué es “bueno” (el progreso) y qué es “malo”, pierden su legitimación, esto es, su justificación.
Recordemos que según el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española), una de las acepciones de “justificar” es “Probar algo con razones convincentes, testigos o documentos”. En la exposición de Lyotard, pues, ya no podemos probar con razones convincentes que el conocimiento científico sea el paradigma del conocimiento por excelencia:
“Las sociedades denominadas modernas fundan sus discursos de verdad y de justicia sobre grandes relatos históricos y también científicos, unos y otros se colocan en la línea de una impresionante odisea progresista. Pues, bien; en las sociedades postmodernas, en las cuales vivimos, lo que no se encuentra es precisamente la legitimación de lo verdadero y de lo justo… Ya nadie cree en salvaciones globales.” (Lyotard, citado en Fullat, 2002: p. 137).
¿Dónde encontrar, pues, la legitimación para el conocimiento en las sociedades postmodernas?
Desde su inicio, con la aplicación de un método estable, las ciencias no han dejado de diversificarse en las más diversas disciplinas. Cada disciplina establece sus propios intereses teóricos, su aparato conceptual, sus programas de investigación y determina la pertinencia del estudio de determinado tipo de fenómenos. Lo que tenemos, en suma, son “juegos de lenguaje” (noción que Lyotard toma prestada del filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein), esto es, diversas formas de comunicación equivalentes entre sí en cuanto a valor de verdad, puesto que su legitimación no proviene de un relato externo, sino de la aceptación de las “reglas” del juego en cuestión por parte de los participantes implicados (Lyotard, 2006: p. 27).
Lyotard identificó a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) como el elemento clave para el proceso de deslegitimación de la ciencia moderna. Y esto debido a que con las TIC las preguntas relacionadas el valor intrínseco o con los fines del conocimiento son sustituidas por la preocupación por el rendimiento, la eficacia y la productividad de los sistemas (Lyon, 2000: p. 36). O, lo que es lo mismo, las TIC imponen su propio juego de lenguaje, hasta el punto que toma forma de conocer que no se adecue a sus reglas puede ser considerado como “no-conocimiento”. En palabras del propio Lyotard:
“Es razonable pensar que la multiplicación de las máquinas de información afecta y afectará a la circulación de los conocimientos […]. En esta transformación general, la naturaleza del saber no queda intacta. No puede pasar por los nuevos canales, y convertirse en operativa, a no ser que el conocimiento pueda ser traducido en cantidades de información. Se puede, pues, establecer la previsión de que todo lo que en el saber constituido no es traducible de ese modo será dejado de lado, y que la orientación de las nuevas investigaciones se subordinará a la condición de traducibilidad de los eventuales resultados a un lenguaje máquina. […]. Con la hegemonía de la informática, se impone una cierta lógica, y, por tanto, un conjunto de prescripciones que se refieran a los enunciados aceptados como “de saber”.” (Lyotard, 2006: p. 16)
1.3. Tercer esbozo: Sociedad de la Información… ¿y del Conocimiento?
La postmodernidad no es la causa directa del advenimiento de lo que se ha dado en llamar la Sociedad de la Información (SI). Más bien, el surgimiento de ésta responde a la reestructuración del sistema capitalista, proceso que se ha visto favorecido por la aparición y difusión de las TIC.
En este sentido, Manuel Castells optó por profundizar en la naturaleza de la SI desarrollando un análisis autónomo de sus principios y de los efectos de las TIC (especialmente Internet) sobre las prácticas humanas en las sociedades contemporáneas (Castells, 2000).
No obstante, algunos autores postulan una cierta continuidad entre determinados principios presentes en la modernidad y en la postmodernidad y la SI. Y en ellos me voy a centrar en este apartado: concretamente, hablaré de la fe en el progreso mediante la aplicación de la tecnología, de la disolución de principios morales absolutos y de la relativización del conocimiento.
En primer lugar, la noción de progreso mediante el desarrollo tecnológico como religión secular propia de la modernidad ha encontrado eco en la SI (Lyon, 2000: p. 102), de la mano de las aplicaciones de las TIC, o, más concretamente, de la mano de la apropiación por parte de la sociedad de las TIC. Gracias a esta apropiación, la tecnología ha transformado su estatus moderno, esto es, la de principal factor productivo en la economía, para pasar a ser una parte integrante de la vida de los individuos, proceso en el cual, aparentemente, todos salimos ganando. Se habla así de democratización del ciberespacio, de nuevas oportunidades laborales, de crecimiento económico,..., en suma, de mayores cuotas de bienestar, lo que representa, según la expresión de Franco Berardi, una “ideología felicista” (Gimeno, 2007: p. 139):
“En este orden de cosas, coexisten dos tipos de discurso en el seno de las nuevas tecnologías comunicacionales: uno, técnico, laico, referente a las necesidades de las máquinas; otro, hechizante, ideológico, religioso, referido al carácter milagroso, sobrenatural, omnipresente y todopoderoso de los media. Religión y técnica se hallan aquí entrelazadas [...].” (Gimeno, 2005: p. 234)
En segundo lugar, el vacío dejado por la “muerte de Dios” (Nietzsche) ha sido compensado con la filosofía postmoderna del “todo vale” (Fullat, 2002), o del “hazlo tú mismo”, principio que en la SI ha recibido la denominación “ciberpunk”. Y es que la denominada Web 2.0 ha jugado un papel fundamental en la reivindicación de la libertad del individuo para construir su propia historia, para elegir sus propios valores y para articular sus propias redes sociales, en un proceso de multiplicación de roles o yoes. Es interesante constatar, por tanto, que el fenómeno de las redes sociales ha alcanzado su máxima dimensión gracias a Internet, y que, no obstante, reproduce las tendencias del mundo físico inauguradas por los pensadores postmodernos:
“[...] las resonancias entre el espacio ciber y el mundo físico son parte del entramado de causas que explican la tendencia hacia una progresiva descentralización de las identidades individuales y colectivas. Un fenómeno centrífugo de esas características conlleva, en su nivel más elevado, la fragmentación de la identidad individual en torno a múltiples y variables referentes simbólicos. [...]. Pero ese individualismo tiene una vertiente netamente social y abierta, dado que está basado en la elección por parte del sujeto de sus redes de sociabilidad, que suelen responder a intereses específicos (comunidades especializadas) y son variables y flexibles, de fácil entrada y salida.” (García; Ruiz; Domínguez, 2007: p. 132).
En tercer lugar, y como ya apuntaba Lyotard hace 20 años, las tecnologías informáticas han contribuido a desplazar las cuestiones sobre la finalidad del conocimiento en favor de la preocupación por el rendimiento y la eficacia:
“El paradigma digital encierra, asimismo, un sistema de valores de contenido “neomecanicista”, que conforma la ideología de la comunicación. La filosofía que subyace en este sistema de valores, en esta ideología, es que todo fenómeno natural, social y biológico o humano es material, de cálculo lógico y, como tal, lo reconstruye. Así, la relación entre las tecnologías, y fundamentalmente de la información, y la organización social se estrecha. La dimensión ordenancista y normativizadora de las tecnologías de la información domina amplias parcelas de organización social [...]. Todo ello bajo el imperativo de la razón de la eficacia, de la racionalidad del pensamiento, de la productividad, fundamentado en la infalibilidad de las máquinas inteligentes.” (Gimeno, 2005: p. 227)
Dado el papel central de la información como factor de producción en la Nueva Economía, la preocupación por el rendimiento y eficacia del conocimiento ha quedado epitomizada, a mi modo de ver, en dos fenómenos recientes: la implantación definitiva del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), y la primera crisis económica global del denominado “capitalismo cognitivo” (Gimeno, 2007: p. 134), inaugurada oficialmente en el año 2007.
Ambos fenómenos se encuentran inextricablemente ligados, ya que han explicitado la voluntad de diversos agentes sociales y/o político-económicos de acelerar la transición de la SI a la Sociedad del Conocimiento (SC), aquella en la que los hábitos y actitudes en la recopilación, acceso, recuperación, difusión, uso y generación de información sean incorporados al modo de hacer y pensar cotidianos (Martí, 2007: p. 20).
Y es que el actual mercado laboral, marcado por el énfasis en la flexibilidad, en el trabajo en equipo y en la figura del pluriespecialista (Urrutia, 2008: p. 92), demanda aptitudes y actitudes muy diferentes a aquellas del trabajador moderno:
“Culturalmente, se han creado las condiciones para pasar de una concreta y aceptada dimensión económico-social a otra en la que prevalece el “no trabajo”, es decir, formas de ocupación que hace solo unos pocos años se habrían considerado impracticables: nuevos servicios que requieren una buena dosis de inventiva, la capacidad de adecuarlos, continuamente, a las exigencias de cada consumidor y la flexibilidad necesaria para aceptar un curso de la demanda completamente imprevisible.” (Gaggi; Narduzzi, 2008: p. 20)
“Estamos ante el nacimiento de la sociedad y de la economía del “pleno desempleo”, es decir, de una forma distinta de empleo y de un modo asimismo innovador de contratación y de desarrollo del propio trabajo en el tiempo. […]. En suma, al hablar del pleno desempleo nos referimos a nuevas formas de trabajo: tan distintas de las del siglo pasado como para aparecer a los ojos de la mayoría como una especie de no empleo, dada la eventualidad y la flexibilidad de puestos y contratos.” (p. 24)
Nos encontramos así ante la necesidad de adoptar nuevos estilos cognitivos de aprendizaje, de desarrollar la capacidad de acceder, seleccionar y evaluar de forma crítica la información que se necesite en cada momento en función de la tarea (Martí, 2007: p. 27).
Y esto en un momento histórico en el que, como mantenían los postmodernos, el conocimiento no encuentra su legitimidad en la correspondencia con una realidad “ahí fuera”, sino en los juegos de lenguaje utilizados por cada comunidad:
“El constructivismo social […] mantiene que el conocimiento, científico o de otro tipo, no se obtiene a través de significados objetivos sino que es construido por medio del discurso social. […]. Esta propuesta se fundamenta en la asunción básica de que el conocimiento nunca es cierto por sí mismo sino que responde a una verdad contextualizada en una cultura, una situación, un lenguaje, una ideología o en alguna otra condición social. Ningún punto de vista es más válido que otro, porque todos los puntos de vista están incrustados en un determinado contexto social que les dota de significado. Una visión construccionista de la sociedad no asume que l información o el conocimiento sean ni objetivos ni subjetivos. Más bien, entiende que el conocimiento está formado contextual y dialógicamente. […]. Para este enfoque, el conocimiento es un constructo social que es creado por las personas a través de la negociación.” (García; Ruiz; Domínguez, 2007: p. 126).
El enfoque del constructivismo social es criticable (véase, por ejemplo, Boghossian, 2009), pero está claro que es un fenómeno facilitado y propiciado por la negociación de significados que tiene lugar en el seno de las diversas comunidades del ciberespacio:
“Para que un determinado adquiera carta de naturaleza social, es preciso antes alcanzar un consenso básico en aquellos protocolos de interpretación de los fenómenos sociales que convierten en significativos los acontecimientos de la vida cotidiana. Dicho consenso se alcanza mediante la “negociación de significados”. […]. Aplicando este proceso a la interacción en comunidades en red, la negociación de significados deriva en un componente identitario […]. Por un lado, los participantes se sienten miembros activos de una comunidad en la medida en que son capaces de negociar afirmativamente sus identidades de participación en el seno de la comunidad. Y, al tiempo, a comunidad se afirma a sí misma en tanto que grupo social con identidad específica, tras someter esa identidad a un proceso de negociación colectiva.” (García; Ruiz; Domínguez, 2007: pp 136-137).
La SC, por tanto, es el objetivo prioritario en la agenda de los diversos poderes políticos y económicos de nuestras sociedades, con la participación indispensable de los agentes educativos.
2. Relaciones entre CC e ID
Ya hace unos 50 años que la ciencia cognitiva se estableció de manera “oficial” como ámbito autónomo del conocimiento: concretamente, el psicólogo Howard Gardner menciona el Simposio sobre Teoría de la Información realizada en el Instituto de Tecnología de Massachussets, celebrado entre el 10 y el 11 de septiembre de 1956 como fecha histórica para su desarrollo.
El mismo Gardner define la ciencia cognitiva como un esfuerzo contemporáneo de base empírica para responder a interrogantes epistemológicos relacionados con la naturaleza del conocimiento, sus elementos constituyentes, sus fuentes, su evolución y su difusión (Gardner, 2000: p. 21). Si esta definición puede parecer amplia, es debido a la peculiar naturaleza de la ciencia cognitiva: ésta no puede entenderse como una disciplina, sino más bien como una federación de disciplinas que incluye la filosofía, la psicología, la antropología, las ciencias de la computación, la lingüística, la inteligencia artificial, la neurociencia, la sociología,…
Dado que cada disciplina posee sus propios métodos de investigación y sus propios intereses, sería razonable esperar una diversidad de enfoques en el estudio de la mente dentro de la CC. Y eso es justo lo que tenemos: así, por ejemplo, mientras que la psicología cognitiva realiza experimentos controlados con sujetos humanos para postular diversas explicaciones, con base computacional, del comportamiento de los mismos, la inteligencia artificial intenta implementar en máquinas los sistemas simbólicos necesarios para simular una conducta inteligente; mientras que los filósofos se dedican a la investigación de los conceptos que constituyen los pilares de los enfoques experimentales y computacionales del estudio de la mente (la naturaleza de la representación, de la computación,…), los neurocientíficos se dedican al estudio del cerebro mismo; etcétera,… (Thagard, 2008).
No obstante, es de la zona de confluencia entre estas disciplinas de donde se obtienen los resultados y las aplicaciones más fructíferas:
“La mejor manera de comprender la complejidad del pensamiento humano consiste en utilizar múltiples métodos, en especial, en combinar experimentos psicológicos y neurológicos con modelos computacionales. En términos teóricos, la idea más fructífera ha sido el enfoque computacional-representacional de la mente.” (Thagard, 2008: p. 28).
El “boom” de la CC y, a un nivel popular, de todo lo relacionado con la mente y la inteligencia, no es en absoluto casual: en el primer apartado he tratado de mostrar que los debates sobre qué conocemos, cómo podemos conocer, qué legitima el conocimiento que poseemos y qué finalidad tiene el conocimiento han estado presentes en las sociedades “avanzadas” desde la época de la modernidad, pasando por la postmodernidad y alcanzando su máxima actualidad en la Sociedad de la Información. La CC ha integrado todas estas cuestiones en un marco conceptual operativo y coherente, aunque no exento de problemas, disputas y polémicas, que ha mostrado su potencial en todas las aplicaciones que se han derivado de él.
En este sentido, el filósofo Manuel Garrido habla del triunfo del “hombre de Turing”, en honor al matemático Alan Turing, que en su ensayo ¿Puede pensar una máquina?, de 1950, fue el primero en establecer una analogía directa entre la mente humana y un ordenador digital:
“El hombre de Turing nos brinda una pintura científica de nosotros mismos como máquinas pensantes o entes computacionales que enfatiza al máximo la relevancia de nuestra condición tecnológica. Es una tesis susceptible de ser calificada, por una parte, de anticartesiana, en la medida en que implica negar la distinción ontológica entre el sujeto pensante o res cogitans y la cosa material o res extensa; pero también es susceptible de ser calificada de ultracartesiana al extender al propio sujeto cognoscente la visión mecanicista del universo.” (Garrido, 1999: p. 639).
Para los profesionales de la ID, entender los principios básicos subyacentes de la CC puede significar conectar con la forma contemporánea de entender el conocimiento, la mente y en el mundo en que vivimos, proporcionándonos en el camino nuevas formas de evaluar nuestras prácticas profesionales, nuestros productos y nuestros servicios y, cómo no, herramientas para elaborar nuevos productos y servicios que se adecuen a esta nueva realidad epistemológica y social, vertebrada en torno a la figura del “hombre de Turing”.
La aproximación de la ID a las CC no es nueva: tuvo su apogeo a finales de la década de 1980, de la mano de autores como Belkin, Kulthau, Dervin, Ellis o Ingwersen. Lo que compartían las propuestas de estos autores es el hecho de considerar los procesos involucrados en la recuperación de la información como “cognitivos” (Nolin, 2007), es decir, procesos mentales de manipulación de la información (input) mediante representaciones (reglas lógicas, conceptos, esquemas,…) que producen una determinada repuesta del usuario (output).
Esta concepción ha sido objeto de críticas justificadas: por una parte, la perspectiva cognitiva clásica en ID se encontraba demasiado centrada en el proceso de búsqueda de información; por otra, con el énfasis en los procesos computacionales, presentaba a un usuario aislado, separado de cualquier interacción social y ambiental (Nolin, 2007).
Esta última objeción constituye lo que se viene denominando el “reto social” para la CC, ya que una concepción de la mente como un procesador de información puede obviar las ricas interacciones sociales de las que todos participamos, y que son igual de importantes en el procesamiento de la información que cualquier otro modo de representación. Aún así, como apunta el científico cognitivo Paul Thagard, este reto, y otros relacionados, pueden encontrar una respuesta apropiada expandiendo el modelo de la mente computacional – representacional (Thagard, 2005): así, por ejemplo, la psicología social da buena muestra de fenómenos como los sesgos grupales y los prejuicios basándose en el modelo computacional clásico, y la epistemología social se preocupa por determinar las condiciones que posibilitan que un determinado grupo social pueda generar conocimiento verdadero.
Es importante hacer estas matizaciones, porque en una sociedad 2.0, donde la comunicación y la interrelación están a la orden del día, podríamos tener la sensación de que las CC no tienen nada interesante que aportarnos, salvo más discusiones académicas. Ya he apuntado que las condiciones sociales de procesamiento de información y creación de conocimiento tienen un lugar relevante y prometedor en las CC contemporáneas. Pero es que, además, el dinamismo del fenómeno 2.0, donde el usuario participa activamente en la creación y gestión de contenidos no implica un abandono total de la planificación de servicios, sino más bien todo lo contrario:
“La auténtica relación de una compañía con un cliente no se comunica a través del marketing, por muy persuasivo que sea. […]. Esta relación es continuada y real sólo cuando la empresa parece innovar y responder de inmediato a las nuevas necesidades o, mejor todavía, anticiparse y responder a ellas por adelantado. Es algo que no se puede lograr con los focus groups ni con la investigación de mercado, pero que exige que quienes fabrican coches, móviles, vídeos y pañales comprendan estos productos y el papel que pueden desempeñar en nuestra vida mejor que nosotros mismos.” (Rushkoff, 2007: pp 223-224).
Como este es un blog dedicado a explorar las relaciones entre CC e ID, aquí sólo puedo apuntar cuáles de entre ellas son, a mi juicio, las más significativas, y sólo de un modo amplio, genérico. Para ello, he decidido elaborar una tabla donde, como podrá verse, la primera columna corresponde a las áreas de ID implicadas y, la segunda, a las áreas de la CC que se pueden conectar con ellas. Como se suele decir en estos casos, la lista no pretende ser exhaustiva, sino sólo indicativa:
- Análisis de contenido: Gramática textual, Psicolingüística, Filosofía del lenguaje.
- Gestión del conocimiento: Epistemología, Psicología social / Cognición social, Filosofía del lenguaje.
- Gestión del conocimiento: Epistemología, Psicología social / Cognición social, Filosofía del lenguaje.
- Sistemas de organización y recuperación: Inteligencia artificial, Psicolingüística, Filosofía del lenguaje, Filosofía de la ciencia, Psicología del pensamiento, Psicología social / Cognición social, Procesamiento del lenguaje natural.
-Recuperación de información: Inteligencia artificial, Psicolingüística, Filosofía del lenguaje, Filosofía de la mente.
3. Conclusión
Las cuestiones relacionadas con la mente y la epistemología, gracias al nuevo capitalismo cognitivo, están aquí para quedarse. Una profesión como la ID, dedicada a la gestión de la información y a otras áreas relacionadas, como la gestión del conocimiento, puede aprovecharse del asombroso aparato conceptual que ha producido la CC para diseñar servicios y productos que, cada vez más, se basan en la personalización a gusto del usuario. No se trata de que los bibliotecarios-documentalistas sean capaces de argumentar en términos conceptuales o técnicos sobre tal o cual teoría: el interés por las CC tiene una finalidad claramente pragmática, por lo que no hay conflicto alguno entre una postura que defienda un acercamiento CC-ID y las tendencias más claramente orientadas a las nuevas tecnologías.
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