viernes, 29 de enero de 2010

Conceptos

Resumen

Se examina la noción de "concepto" desde la filosofía del lenguaje y la psicología cognitiva: se repasan dos de las teorías que más impacto han tenido sobre el estudio de la representación categorial (teoría clásica y teoría del prototipo), examinando sus principales dificultades. Finalmente, se aboga por el modelo integrador de estructuras conceptuales de Margolis y Laurence.

Introducción

De todos los fenómenos mentales que caracterizan a nuestra especie, confieso que el lenguaje es el que más me fascina.

Y es que el lenguaje nos otorga unos poderes fabulosos: podemos comunicar estados de ánimo, pensamientos concretos y abstractos, hablar sobre el futuro o el pasado más remotos, intercambiar experiencias que modifiquen nuestro comportamiento, inferir el comportamiento de otras personas,... Y, cómo no, podemos hablarnos a nosotros mismos, en ese monólogo contínuo que tan bien caracterizó James Joyce en su obra Ulises.

Tan formidables son estos poderes que no es extraño que la sutileza de los mecanismos que gobiernan el lenguaje nos pase totalmente desapercibida.

Un enunciado cualquiera de un lenguaje natural (un ejemplo de manual sería "La nieve es blanca") expresa, en términos filosóficos, una determinada proposición: esto es, expresa un determinado estado de cosas al que el enunciado hace referencia. En nuestro ejemplo, este estado de cosas es el hecho de que, efectivamente, la nieve es blanca.

No obstante, diferentes lenguajes naturales pueden expresar la misma proposición. Siguiendo con el ejemplo, los enunciados "La nieve es blanca", "La neu és blanca" y "Snow is white" expresan el mismo estado de cosas: de nuevo, que la nieve es blanca.

Y lo que es cierto para las proposiciones también lo es para los términos del lenguaje natural a partir de los cuales está construido el enunciado. Así, los términos "nieve", "neu" y "snow" hacen referencia a un determinado fenómeno del mundo real, a saber, la nieve.

La pregunta que ha fascinado a generaciones de filósofos es cómo es posible que unas marcas o unos sonidos hagan referencia a un determinado estado de cosas, no sólo del mundo real, sino además de diferentes mundos posibles (o imaginados). Dicho en otros términos: ¿cómo es posible que una palabra o un pensamiento traten sobre algo?; ¿cuál es la relación que ha de establecerse entre ese término o ese pensamiento y ese algo, para que uno trate del otro? Buscar una respuesta a estas preguntas supone intentar elucidar el mecanismo de la referencia.

Estas cuestiones no son en absoluto triviales. Los humanos somos extremadamente hábiles realizando agrupaciones, categorizando, conceptualizando, en definitiva. Los conceptos, por tanto, son un ejemplo paradigmático del fenómeno de la representación mental, y la psicología, como ciencia dedicada a dar cuenta de las representaciones mentales, debe proporcionar una respuesta satisfactoria a esta capacidad. Y en esta indagación nos volvemos a encontrar con el problema del mecanismo de la referencia: ¿a qué se debe que el concepto "perro" haga referencia a un determinado tipo de animal, y no a otro?; ¿y qué hay de conceptos abstractos como "democracia" o "libertad"?

El término "concepto" es omnipresente en la disciplina de la Información y la Documentación (ID): hablamos, por ejemplo, de los conceptos presentes en una determinada necesidad de información, de los conceptos extraídos del análisis del contenido de un documento, o de la formalización de los conceptos de un dominio del conocimiento para construir herramientas de organización y recuperación de la información.

Pero nada de esto debería extrañarnos: ¿qué hacemos en la ID, sino representar los documentos mediante conceptos que los agrupen, y que permitan su tratamiento, utilización y recuperación?

Así pues, este post está dedicado a clarificar la noción filosófica y psicológica del término "concepto". Para ello, me voy a basar en la exposición de Margolis y Laurence (2003), y esto por dos motivos: en primer lugar, su trabajo es la mejor exposición que conozco del tema, dado que aborda de una forma crítica las principales problemáticas del estudio de nuestra capacidad conceptual, tanto desde el punto de vista filosófico como psicológico; en segundo lugar, los autores realizan su propia aportación al estudio de la conceptualización, proponiendo un modelo, a mi juicio valioso, que da cuenta de los diversos hallazgos teóricos y prácticos relacionados con este ámbito.

Como este es un blog dirigido especialmente (pero no exclusivamente) a los profesionales de la ID, presupongo que el lector no tiene por qué poseer conocimientos de filosofía del lenguaje o de psicología cognitiva: por ello, me sentiré libre de complementar la exposición de Margolis y Laurence en aquellos puntos que considere de especial relevancia, ofreciendo mis reflexiones sobre los aspectos más relacionados con la ID.

1. La Teoría Clásica de los conceptos

La teoría que más tiempo ha dominado el estudio de los conceptos es el denominado “enfoque clásico” o “Teoría clásica” de los conceptos.

El enfoque clásico mantiene que los conceptos tienen una serie de atributos necesarios y suficientes: esto quiere decir que para que un determinado fenómeno del mundo real sea incluido en una categoría conceptual ha de poseer ciertas características, y que si un determinado fenómeno posee ciertas características tiene que ser incluido en una categoría conceptual predeterminada. Ilustremos estos principios con el caso del concepto “triángulo”: todos los triángulos son figuras cerradas, tienen tres lados y la suma de sus ángulos es equivalente a 180 grados. Así, todos los triángulos han de tener necesariamente estos atributos para ser considerados como tales, y la presencia de estos atributos es suficiente para considerar a una determinada figura geométrica como una instancia del concepto “triángulo” (Reeves, Hirsh-Pasek, Golinkoff, 2001, p. 205).

Hay numeroso ejemplos que podrían aducirse como representativos del poder predictivo del enfoque clásico. Los filósofos gustan de mencionar el concepto “soltero/a”, que se definiría como “hombre o mujer no casado/a”: las condiciones necesarias y suficientes para ser un miembro de la categoría “soltero” son, pues, “ser hombre o mujer” y “no estar casado/a”.

De entrada, parece que la teoría clásica da cuenta de nuestra capacidad conceptual  de una manera efectiva y elegante. Proponer el mecanismo de condiciones necesarias y suficientes, además, permite explicar dos fenómenos asociados a la categorización (Margolis, Laurence ; 2003): por un lado, permite dar cuenta del mecanismo de la referencia al cual hacía referencia en la introducción; por otro lado, ilustra el proceso de aprendizaje de conceptos: adquirimos conceptos mediante una construcción de los mismos a partir de sus componentes (de sus condiciones necesarias y suficientes).

Ahora bien, la consideración en torno a la suficiencia y la necesidad de ciertos atributos para poder considerar un fenómeno como un representante de una categoría conceptual, lleva a la pregunta sobre cuáles han de ser estos atributos para cada categoría. Para mostrar la dificultad de la cuestión, utilizaremos el ejemplo clásico del concepto “ave”. ¿Cuáles pueden ser los atributos suficientes y necesarios para considerar un determinado animal como representante del concepto “ave”? Si reflexionamos sobre nuestra experiencia cotidiana, podríamos proponer los siguientes atributos: “poseer plumas”, “volar”, “cantar”, “poner huevos”,...

No obstante, hay miembros de la categoría conceptual “ave” que no presentan todos estos atributos y, ciertamente, son aves: por ejemplo, un pingüino no vuela y no canta (si entendemos “cantar” en su sentido típico). Es decir, hay miembros que no comparten de forma suficiente y necesaria los atributos que se supone que define la categoría conceptual a la cual pertenecen y, no obstante, son miembros de pleno derecho de la misma.

¿Y qué decir del concepto “soltero”? Reflexionemos sobre las siguientes preguntas: ¿es el Papa de Roma un soltero?; ¿una persona que conviva con su pareja estable es un soltero/a?; ¿las personas que han optado por el celibato (un místico sufí, por ejemplo), son también solteras?

La aparente falta de definiciones estables para nuestros conceptos no es el único problema de la Teoría Clásica. Hay otras dos cuestiones relacionadas, precisamente, con el mecanismo de la referencia y con el proceso de aprendizaje de los conceptos: por su importancia, merecen una consideración aparte.

1.1. Conocer por descripción

A principios del s. XX comenzó a establecerse la rama de la filosofía que hoy se conoce como “filosofía analítica” o, más familiarmente, “filosofía del lenguaje”.

Si bien las reflexiones en torno al lenguaje siempre han estado presentes, de una manera o de otra, en la filosofía, es a partir de los trabajos seminales del lógico Gottlob Frege cuando podemos decir que el estudio del lenguaje se erige por derecho propio como campo de estudio fundamental dentro del panorama filosófico.

Ahora bien, ¿qué hemos de entender por “filosofía del lenguaje”? Esta puede parecer una pregunta ciertamente trivial: la filosofía del lenguaje, a un nivel preteórico, podría identificarse simplemente como el estudio filosófico del lenguaje.

No obstante, con esta pseudo definición perdemos de vista un hecho fundamental: la filosofía analítica se puede entender como una actividad intelectual teórica que tiene como objetivo la investigación del significado de las expresiones lingüísticas (García-Carpintero, 1996, XVII).

Si bien este objetivo puede ser compartido con la lexicografía y la semántica, según García-Carpintero (1996, XVII-XVIII) hay una doble diferencia entre la filosofía del lenguaje y las dos disciplinas mendionadas: por un lado , la actividad filosófica sólo está interesada en el estudio del significado de determinadas expresiones, que la tradición filosófica ha considerado como problemáticas, tales como "saber", "opinión", "objetivo", "subjetivo",...; por el otro, las explicaciones del significado de estas expresiones que ofrece la filosofía del lenguaje no son meramente descriptivas, sino regulativas: esto es, estas expliocaciones pretenden corregir el uso que hacemos habitualmente de expresiones como las anteriormente citadas.

Una de las principales teorías que intentó dar respuesta a la pregunta sobre le significado de nuestras expresiones fue la que lvoy a denominar, siguiendo a Pérez Otero (2006, p. 37), teoría Frege-Russell o, por motivos justificados, concepción descriptivista. Los principales representantes de la teoría, y de los ésta recibe el nombre, fueron Gottlob Frege y Bertrand Russell, aunque también se podrían citar a otros autores destacados (como Rudolf Carnap, Peter Strawson o John Searle).

Recordemos que la teoría clásica de los conceptos es una teoría descriptivista de los mismos: por tanto, podemos obtener importantes beneficios del exámen de la concepción descriptivista y de sus problemáticas relacionadas, independientemente de que ésta hable de representación conceptual o no.

Comencemos, pues, el exámen de la teoría Frege-Russell con la siguiente pregunta: ¿cuál es el significado de un nombre propio?

Un nombre propio es una expresión que ejemplifica la categoría de los términos singulares, términos que nombran a una determinada entidad particular, individualizándola de otras entidades (Pérez Otero, 2006: p. 38). Así, por ejemplo, los términos singulares "Sócrates" y "Aristóteles" nombran a dos entidades: Sócrates y Aristótles, respectivamente, Estas entidades sueles ser identificadas con la denotación del término singular (el nombre propio), también llamada referente o referencia.

Antes de presentar la teoría Frege-Russell, hemos de hablarm necesariamente, de las expresiones que Russell denominó descripciones definidas: expresiones formadas por un artículo singular("el" o "la") seguido de un predicado (Pérez Otero, 2006: p. 41). Ejemplo de descripción definida es "el maestro estagirita de Alejandro Magno".

Generalizando las descripciones definidas con la forma "el F", donde F se corresponde al predicado de la descripción, podemos observar que las descripciones definidas clasifican a una determinada entidad al proporcionar una descripción de la misma. Así, podemos decir que la descripción definida antes indicada, "el maestro estagirita de Alejandro Magno", describe a un individuo determinado, esto es , Aristóteles.

No obstante esta función clasificatoria, descriptiva, de las descripciones definidas, su formulación general "el F" nos permite observar otro fenómeno interesante: parece que las descripciones definidas también nos permiten, como lo hacen los términos singulares, singularizar, denotar a una única entidad (Pérez Otero, 2006: p. 423). Así, la descripción "el maestro estagirita de Alejandro Magno", además de describir a Aristóteles, también sirve para denotar a Aristóteles.

Si hemos tenido que hablar de las descripciones definidas es porque, simplificando, la teoría Frege-Russell mantiene que el significado de un nombre propio es el significado de una descripción definida asociada con aquel nombre (Pérez Otero, 2006: p. 50). Por este motivo, la teoría Frege-Russell también se conoce como "concepción descriptivista". Así, cuando nos representamos un nombre propio (como Aristóteles), lo hacemos siempre e inevitablemente mediante alguna manera de describirlo que lo singulariza (por ejemplo, "el maestro estagirita de Alejandro Magno"). Por tanto, esta manera de describir el nombre propio ("el maestro estagirita de Alejandro Magno") es parte esencial del significado del mismo ("Aristóteles").

No obstante, la teoría Frege-Russell no puede obviar el hecho que significado y denotación han de estar conceptualemente ligados, ya que el significado de un onombre (descirpción definida) singulariza la denotación de este nombre.

En este sentido, si "Aristóteles" significa la descripción definida "el maestro estagirita de Alejando Magno", esta misma descripción singulariza aquello que el nombre propio "Aristóteles" denota, esto es, a "Aristóteles". Y esto en virtud de que, efectivamente, Aristóteles fue el único maestro natural de Estagira que tuvo Alejandro Magno (Pérez Otero, 2006: p. 69).

Esto se puede formalizar según la misma teoría de las descripciones de Russell de la siguiente manera; hay al menos un individio que es F; hay como máximo un individuo que es F; todo individuo que es F es G, donde "G" representa a un nombre propio. Resumiento estas cláusulas, tenemos el enunciado "el F es G" (por ejemplo, "el maestro estagirita de Alejandro Magno es Aristóteles"), que significa que hay un único F, y que este único F es G.

Por tanto, la verdad o falsedad de una descripción en la forma genérica "el F", depende de que en la realidad se cumpla que el nombre propio asociado con la descripción, "G", sea "F" (Pérez Otero, 2006: p. 70). ¿Qué pasa cuando no existe ningún F o cuando hay más de un F?: simplemente que el enunciado "el F es G" es falso.

Si la teoría Frege-Russell ha pervivido hasta nuestros días es porque permite explicar de forma plausible dos enigmas relacionados con el mecanismo de la referencia: por un lado, la cuestión del valor informativo de los eninciados de identidad que contienen nombres propios; por el otro, los enunciados de existencia que contienen nombres propios. Por motivos de espacio, y en beneficio de la claridad expositiva, no puedo entrar a detallar ni dichos beneficios ni las variantes existentes de esta concepción. Así pues, remito al lector interesado a la bibliografía utilizada.

De lo que si voy a hablar es de las dificultades asociadas a esta concepción. Los problemas de la teoría Frege-Russell fueron puestos de manifiesto por primera vez, ahora hace unos treinta años, por la obra Naming and necessity del filósofo Saul A. Kripke (Kripke; 1981). Desde entonces, Kripke se ha convertido en una de las principales figuras de la filosofía contemporánea.

Tambien podríamos mencionar a otros filósofos que en mayor o menor medida han compartido las tesis de Kripke, como por ejemplo Hilary Putnam: todos ellos pueden ser incluidos, grosso modo, en el grupo conocido como "teóricos de la referencia directa". Más adelante veremos el por qué de este apelativo. De momento, me conformaré con mostrar dos de las principales dificultades de la teoría Frege-Russell, poniendo en relación estos hallazgos con la representación conceptual.

Si el elctor ha seguido la exposición hasta este punto, probablemente ya puede adelantar una de las objeciones de Kripke. La primera dificultad de la teoría Frege-Russell tiene que ver con las descripciones que el hablante ha de asociar a cada nombre: para cada nombre propio que utilizamos, creemos conocer suficientes propiedades de su referente como para identificarlo de una manera unívoca, es decir, propiedades que se apliquen únicamente a dicho referente.

Aunque intuitivamente parece plausible, el mismo Kripke objetó esta presuposición (García-Carpintero; 1996: p. 240). Pensemos en el nombre propio "Aristóteles". Si el significado de este fuese "el maestro estagirita de Alejandro Magno", entonces esta descripción tendría que ser conocida a priori (independientemente de la experiencia) por el hablante que profiere el nombre. No parece que éste sea el caso: podemos utilizar de manera perfectamente normal el nombre "Aristóteles" sin asociar ninguna descripción al mismo, es decir, sin conocer a priori, por ejemplo, que Aristóteles fue efectivamente el maestro de Alejandro Magno. Y lo podemos hacer siendo usuarios perfectamente competentes de nuestro lenguaje.

De manera paralela, una breve reflexión nos puede mostrar que, de hecho, la cantidad de descripciones que podemos asociar a nuestros conceptos es terriblemente reducida. Pero ello no obsta para que podamos utilizar esos términos en nuestras prácticas comunicativas. En el campo de la ID, mi ejemplo favorito de éste fenómeno es el concepto "información": ¿cuántos bibliotecarios-documentalistas finalizan sus estudios siendo capaces de articular de una manera coherente una definición del concepto "información"? Y lo mismo podríamos decir del concepto "conocimiento". Esto, claro está, no es ninguna crítica al valor de dichos profesionales, sino una consideración que, en nuestro ámbito, pone bien a las claras la objeción de Kripke.

Además, la ciencia nos ofrece una buena cantidad de ejemplos de conceptos que han sido revisados a posteriori, es decir, bajo la luz de la experiencia y la adquisición de nuevos conocimientos. (Margolis, Laurence ; 2003). Así, el concepto "electrón" fue revisado a la luz de la mecánica cuántica, como lo fue el concepto "luz", como también lo fue, mi ejemplo favorito, el concepto de "hombre", identificado después de Darwin como un miembro de la família de los primates.

La segunda dificultad puesta de manifiesto por Kripke tiene que ver con el hecho de que las descripciones que asociamos a un término singular ayudan a identificar la referencia del término, pero no permiten fijar dicho referente, donde "fijar el referente" debería ser entendido como "individualizar el referente" (García-Carpintero; 1996: p. 238). Así, es perfectamente plausible encontrar personas con el mismo nombre ("John Smith") y a las que asociamos las mismas descripciones, de manera que las descripciones mismas no nos permitirían fijar el referente (esto es, identificarlo de manera unívoca).

En mi opinión, la filosofía del lenguaje, preocupada por la naturaleza de la representación, puede aportar mucho al estudio de los sistemas de organización y recuperación en la ID. En el caso que nos ocupa (la s objecines kripkeanas a la teoría Frege-Russell), pienso, por ejemplo, en las ontologías en el contexto de la web semántica. Y esto es así en tanto en cuanto las ontologías representan los conceptos de un determinado dominio del conocimiento mediante descripciones, utilizando la herencia de propiedades propia de una organización jerárquica. La cuestión sería, entonces, determinar el grado de interoperabilidad de dichos sistemas, y reconsiderar la metodología utilizada para adquirir conocimiento del dominio en cuestión. El tema merece un post propio, así que aquí sólo me puedo limitar a dejar constancia de una vía teórica que, a mi entender, es muy prometedora.

Hasta aquí nuestro excurso por la filosofía del lenguaje. Si he tratado con cierto detalle el tema, es para introducir cuestiones que, en lo que queda de texto, nos volveremos a encontrar. Así mismo, dejo para el apartado correspondiente la propuesta alternativa de Kripke al mecanismo de la referencia, y su reelaboración por parte del filósofo Manuel García-Carpintero, en la que me parece una de las aportaciones más sobresalientes de la filosofía analítica contemporánea. De momento, sigamos adelante con la principal alternativa a la teoría clásica de los conceptos: la teoría de los prototipos.

2. La teoría del parecido de família de Mervis y Rosch

La teoría del parecido de família, o también conocida como teoría del prototipo, fue elaborada inicialemente por las psicólogas Eleanor Rosch y Carolyn Mervis a mediados de la década de 1970. Su éxito ha sido importante, ya que permite evitar el presupuesto de condiciones necesarias y suficientes de la teoría clásica pera la determinación de los conceptos.

Rosch y Mervis, por tanto, más que de  atributos suficientes y necesarios, nos hablan de atributos característicos de un determinado concepto. Recuperemos el famoso ejemplo de la categoría "ave". No todos los miembros de dicha categoría comparten de forma suficiente y necesaria los atributos que se supone que la definen, pero, aún así, si que parece característico de las aves el presentar ciertos atributos, tales como "poseer plumas", "volar", "cantar", "poner huevos",... Los representantes de una categoría conceptual, pues, presentan un parecido de família, noción que se remonta al filósofo Ludwig Wittgenstein y que proporciona uno de los apelativos de la teoría de Mervis y Rosch.

La existencia de atributos característicos implica que determinadas ejemplificaciones de una categoría conceptual son más representativas que otras al presentar un mayornúmero de los atributos característicos propios de esa categoría: esas ejemplificaciones son los llamados prototipos.  De esta manera, las categorías conceptuales presentan una estructura graduada a medida que sus representantes dejan de presentar los atributos característicos (Reeves, Hirsh-Pasek, Golinkoff; 2001: p. 206). Continuando con el ejemplo de la categoría "ave", piense el lector en un representante de la misma. Posiblemente éste ha sido "paloma", "gorrión", u otras aves parecidas, y no "pingüino" o "buitre": los dos primeros son casos prototípicos de la categoría, al presentar los atributos más característicos de ésta, mientras que los dos últimos no lo son.

De hecho, el efecto del prototipado es uno de los apoyos experimentales más fuertes de la teoría del parecido de família: así, grupos controlados de sujetos tardan menos tiempo en identificar a un petirrojo como un ave que a un pollo, y cometen menos errores de categorización cuando los ítems a considerar son prototícos que cuando no lo son (Margolis, Laurence; 2003: p. 195).

No obstante, la teoría del prototipo también presenta dificultades (Margolis, Laurence; 2003: p. 196)., algunas de las cuáles ya hemos examinado. Así, la teoría del prototipo no da cuenta de la primera objeción kripkeana a la teoria de las descripciones: esto es, que podemos utilizar los términos que designan conceptos para nuestras prácticas comunicativas poseyendo información errónea sobre los supuestos representantes de la categoría o, lo que es más, sin poseer información en absoluto.

De la misma manera, la teoría del prototipo tampoco parece mejor situada que la teoría clásica para explicar la determinación de la referencia de nuestros conceptos. Margolis y Laurence ejemplifican este hecho con el cocepto "abuela" (p. 196): atributos característicos del concepto podrían ser "mujeres con el pelo cano", "hacer pasteles riquísimos",... pero, al fin y al cabo, todos conocemos personas que son abuelas pero que, a primera vista, no parecen poseer ninguno de esos atributos (Tina Turner, por ejemplo), y, a la inversa, personas que presentan esos atributos pero que no son abuelas (la Sra. Doubtfire, el personaje de Robin Williams en la película del mismo nombre).

Margolis y Laurence (p. 197) mencionan otros dos problemas, puestos de relieve por el filósofo Jerry Fodor, para el modelo de Mervis y Rosch, a saber, que parece haber conceptos que carecen de prototipo y que los prototipos no pueden dar cuenta de la naturaleza composicional de nuestro sistema conceptual (es decir, podemos generar nuevos conceptos a partir de otros, pero el resultado parece ser algo más que la suma de las características típicas de las partes).

Por mi parte, voy a mencionar otra dificultad relacionada con las estructuras prototípicas, fruto del trabajo del psicólogo cognitivo Lawrence Barsalou. Como en el caso de la teoría de las descripciones, vale la pena dedicarle un apartado propio.

2.1. Categorías ad hoc

La teoría del parecido de família está fuertemente basada en la identificación de atributos perceptuales, puesto que son éstos los que permiten la identificación de los prototipos y los que, en consecuencia, permiten definir la estructura conceptual jerárquica. El problema es, pues, determinar qué rasgos perceptuales habrían de ser escogidos para representar un concepto. El psicólo cognitivo Lawrence Barsalou a partir de diversos estudios controlados, postuló que esta cuestión depende del tipo de tarea en que participa el sujeto, así como del contexto en que se encuentra.

Esto imlica que no todas las categorías conceptuales que poseemos se encuentran fijadas en la memoria a largo plazo independientemente de la tarea y del contexto, sino que ciertas categorías conceptuales se pueden generar de una manera ad hoc: estas estructuras se generarían "espontáneamente" para apoyar la consecución efectiva de la tarea. En otras palabras, las estructuras conceptuales serían inestables (Barsalou, 1989)

Cunado las categorías ad hoc son utilizadas frecuentemente, también llegan a ser familiares y pueden ser fijadas en la memoria a largo plazo. El mismo Barsalou ofrece ejemplos que pueden parecer triviales, pero que son muy ilustrativos de este fenómeno: así, la categoría "objetos que guardar en una maleta" es una categoría ad hoc la primera vez que una persona se hace la maleta y emprende un viaje, pero, después de diversos viajes, esta categoría se establece en la memoria (Barsalou, en prensa).

Según Barsalou, las categorías ad hoc representan un subconjunto de las categorías de rol, donde los roles proporcionan argumentos para verbos, relaciones y esquemas. Así, algunas categorías de rol son tan familiares que quedan perfectamente lexicalizadas y fijadas en la memoria; utilizando otro ejemplo de Barsalou, "vendedor", "comprador", "mercancía" y "pago" son los nombres que corresponden a los roles involucrados en la acción "comprar". No obstante, cuando la conceptualización de un rol es nueva, se genera una categoría ad hoc: así, "vendedores potenciales de guitarras de gypsy jazz" puede perfectamente generar una categoría ad hoc (Barsalou, en prensa).

De esta manera, Barsalou mantiene que el cumplimiento de objetivos y tareas requiere la constante especificación e instanciación de roles necesarios para su consecución: cuando una categoría de rol bien establecida no existe a tal efecto, una categoría ad hoc se genera para representarla (Barsalou, en línea).

Los hallazgos de Barsalou son extremadamente interesantes porque muestran que las personas utilizamos una amplia gama de criteros para ordenar diversos ítems en base a su tipicalidad. En palabras del psicólogo:

"Instead of there being any single determinant or invariant set of determinants responsible for typicallity, there appears to be a large class of determinants that is impossible to specify completely and that depends to some extent on the category and on the context in which is perceived." (Barsalou; 1989: p. 104).

¿Cuáles serían los efectos del contexto sbre la determinación de la estructura conceptual?  (Barsalou; 1989: p. 106):

- En primer lugar, diferentes factores pueden determinar la estructura de la misma categoría en contextos diferentes. Así, Barsalou encontró experimentalmente que un grupo de sujetos utilizó un conjunto de rasgos característicos para determinar una estructura conceptual en un contexto, y un criterio de optimización ideal en otro (por optimización ideal hemos de entender el juicio que realiza el sujeto sobre el grado de correlación positiva entre un determinado ítem y un criterio ideal: por ejemplo, si el sujeto realiza una dieta para perder peso, el criterio podría ser "alimentos con cero calorias").

- En segundo lugar, el contexto lingüístico puede hacer variar la estructura, por lo que diferentes contextos lingüísticos dan lugar a diferentes reordenaciones de los ejemplares dentro de una misma categoría. Así, cuando el concepto "animales" es procesado en el contexto "ordeñar", "vaca" y "cabra" son ejemplares más típicos que "caballo" y "mula". Pero cuando el mismo concepto ("animales"), es procesado en el contexto "montar", "caballo" y "mula" son ejemplares más típicos que "vaca" y "cabra".

- En tercer lugar, el punto de vista desde el cual es percibido el contexto también afecta a los juicios de tipicalidad y, en consecuencia, a la estructura conceptual. Así, por ejemplo, respecto al concepto "ave", Barsalou halló en un experimento  que "petirrojo" y "águila"  fueron juzgados como típicos cuando los  sujetos  adoptaban el punto de vista de los ciudadanos americanos, mientras que "cisne" y "pavo real" lo fueron cuando estos adoptaban el punto de vista de ciudadanos chinos. De hecho, estos efectos afectaron tanto a los juicios de tipicalidad realizados sobre categorías taxonómicas naturales (como "ave"), como a aquellos realizados sobre categorías orientadas a fines (categorías ad hoc).

De la misma manera que en el caso de la crítica de Kripke a la teoría de las descripciones, creo que es conveniente que realice un comentario sobre la posible relación de la teoría de Barsalou y la ID. Y es que, según mi punto de vista, el trabajo de Barsalou, basado en sólidos hallazgos experimentales, podría dar cuenta del misterio de la pertinencia: esto es, los juicios realizados por los usuarios sobre la utilidad o no de ciertos documentos recuperados de un sistema de información.

En al ámbito anglosajón existe una amplia tradición de investigadores relacionados con el ámbito de las ciencias de la documentación y con la psicología cognitiva que han intentado clarificar cuáles son los mecanimso cognitivos implicados en aquellos que conocemos como "necesidad de información". Los más concocidos representantes de esta línea investigadora son Nicolas Belkin (con su teoría del Anomalous State of Knowledge, o ASK), Brenda Dervin (con su modelo del Sense-making) y Carol Kuhlthau (Seeking meanimg).

El trabajo de estos y de otros investigadores  ha reportado valiosos frutos, al mostrar cómo los juicios pertinencia están afectados por factores como el tiempo, el estado emocional, los conocimientos y las expectativas previas del usuario,... Nótese, no obstante, que todos éstos hallazgos nos informan sobre el por qué de las diferencias en los juicios de pertinencia, pero no sobre el cómo se realizan estos jucios (es decir, qué recursos cognitivos son movilizados en la justificación de los juicios de pertinencia).

Dado que, al menos en alguno tipos de búsqueda temática, los usuarios interaccionamos con representaciones que categorizan a los documentos, la teoría de Barsalou nos permitiría entender el funcionamiento de la peculiar categorización que se esconde bajo los juicios de pertinencia: la instanciación de roles, el contexto lingüístico, los criterios de optimización ideal, y, en fin, aquellos aspectos a los que he pasado revista en este apartado, tendrían un peso específico.

Estas consideraciones son, claro está, especulativas: desconozco si alguna vez se ha iniciado una línea de investigación en este sentido, pero, tal y como ya comenté en el caso de la filosofía del lenguaje, de lo que aquí se trata es de poner de manifiesto un camino que puede valer la pena recorrer.

3. Una teoría global sobre los conceptos

Hasta ahora, mi tono ha sido más crítico que constructivo, centrándome en las objeciones planteadas a las dos teorías más importantes que han intentado responder a los principios de la representación categorial (la teoría clásica y la teoría de los prototipos). Ya contamos, por tanto,  con los elementos suficientes para argumentar en favor de una teoría sintética que aproveche lo mejor de las planteamientos hasta aquí revisados. Para ello, tengo que volver a algo que ya esbocé en el punto 1.1., esto es, la teoría kripkeana de la referencia directa.

Volvamos, pues a la pregunta "¿cuál es el significado de un nombre propio?". Recordemos en este momento que el hecho de que los teóricos de la referencia directa hablen de nombres propios, o de términos de clase natural (oro, tigre,...), no nos impide aprovechar sus conclusiones para nuestros fines. Vimos, gracias a las objeciones de Kripke, que la teoría Frege-Russell no estaba bien equipada para dar una respuesta totalmente satisfactoria a esta cuestión: para recordar la dificultad de postular la fijación del referente mediante al recurso de las descripciones, voy a utilizar un ejemplo de García-Carpintero (1996: p. 238):

Dos biólogos se ocupan de estudiar dos poblaciones de focas. Para inetrcambiar información de manera efectiva sobre las focas de sus poblaciones, deciden etiquetar, de manera independiente, los ejemplares de focas con números, de manera que cada número identifique a un ejemplar, actuando así como un nombre propio: la descripción asociada con el número sería del estilo de "la foca etiquetada con el  número X". Supongamos que los dos biólogos han etiquetado dos ejemplares de sus respectivas poblaciones con el núemro !1.235": es obvio que, en esta situación, el "nombre propio 1.235" tiene una referencia diferente en cada población, aunque la descripción sea la misma ("la foca etiquetada con el número 1.235").

¿Qué se necesita, por tanto, además de las descripciones, para fijar el referente de un nombre propio? La primera respuesta que podríamos ofrecer es conocimiento del contexto en el que han sido utilizadas las expresiones. Teniendo presente el factor contextual, podríamos modificar la descripción, expresándola como "la foca con la etiqueta "1.235" relevante en el contexto donde se ha producido la proferencia de "1.235". No obstante, el recurso al contexto, si bien necesario, por sí mismo no nos ayuda a fijar el referente.

¿Por qué no?: porque aquello que determina la referencia es que el uso del nombre propio que estemos considerando, asociada a una descripción determinada, se haya producido en contacto causal-explicativo con el referente del mismo y con el propósito de producir efectos que afecten al referente en cuestión (García-Carpintero; 1996: p. 257).

La noción de “contacto causal” puede ser un tanto ambigua. Para intentar clarificarla, utilizaremos nuevamente el ejemplo de las poblaciones de focas:

Imaginemos que uno de los dos biólogos dice, en presencia de una foca determinada, “la foca 1.235 está enferma”: aquello que determina el referente de “1.235” es el hecho que el uso de “1.235”, asociado a su descripción, se haya producido en contacto causal (un contacto perceptual en este caso) con el objeto significado, y con el propósito de promover ciertos efectos relativos con el mismo (García-Carpintero; 1996: p. 258).

¿Qué sucede en casos menos elaborados, como cuando proferimos el nombre “Aristóteles”? El mismo García-Carpintero admite que el “contacto” es más complejo que el ilustrado por el ejemplo fócido (García-Carpintero; 1996: p. 258), pero es de la máxima importancia para nuestra exposición. Cuando emitimos una proferencia del nombre “Aristóteles”, nuestro uso del término remite a, probablemente, el uso que del mismo término se hace en una serie de documentos que hemos leído, o al uso que una serie de personas determinadas con las que hemos tenido contacto han hecho de este nombre; estos usos remiten, a su vez, a otros usos similares,... hasta “llegar” al personaje histórico conocido con el nombre “Aristóteles”.

Lo que acabamos de describir es la noción de “cadena causal de comunicación”, expuesta por Kripke (Pérez Otero; 2001: p. 133): un nombre determinado va “pasando” de unas personas a otras, extendiéndose progresivamente entre los diferentes miembros de la comunidad de hablantes que lo usarán a través de una cadena de comunicación (Pérez Otero; 2001: p. 134).

Nótese que la postura defendida por García-Carpintero tiene una virtud muy importante para la discusión sobre los conceptos: no presupone que las definiciones sean superfluas, lo cual, para la representación categorial, implica que, aunque a priori no podamos asociar definiciones completamente satisfactorias a nuestros conceptos, ello no implica que no podamos asociar ninguna. En su obra How the mind works, el psicólogo Steven Pinker sostiene que, aunque los humanos hacemos un uso intensivo de la categorización difusa (no basada en descripciones, sino en semejanzas de família), ello no implica que en determinados contextos y bajo determinados usos no podamos utilizar una definición satisfactoria para un concepto determinado (Pinker; 2001: p.170): de esta manera, puede que no haya una única definición satisfactoria del concepto "soltero", pero en el contexto jurídico no hay duda posible sobre qué se tiene que considerar como una persona "soltera". Pero, ¿por qué bajos determinados contextos y usos?: porque, como comenta Pinker (p. 404-405), gracias a nuestras habilidades cognitivas podemos captar la lógica subyacente a ciertos fenómenos y a las regularidades que estos presentan en determinados contextos, elaborando reglas que nos permitan ordenarlos y categorizarlos.

En este sentido, la concepción de García-Carpintero presenta otra gran ventaja: es realista. Esto es, mantiene que el significado de nuestros términos no depende de las ideas particulares en la mente del hablante cuando utiliza esos términos (en la mejor tradición del Wittgenstein de Las investigaciones filosóficas), sino de las capacidades compartidas que los humanos poseemos para relacionarnos con el mundo. En palabras de Margolis y Laurence (2003: p. 204):

"The key here is the notion of a sustaning mechanism. Sustaining mechanisms are mechanisms that underwrite the mind-world relation that determines a concept's content. These will typically be inferential mechanisms of one sort or another, since people clearly lack transducers for most of the properties they can represent. Importantly, however, these inferential mechanisms needn't give rise to any analyticities or to a concept's having any semantic structrure, since no particular inference is required for concept possession."

De esta manera, no es necesario postular una estructura estable a priori para cada categoría conceptual posible, tal y como mostró Barsalou: de nuevo, las categorías pueden ser fluidas gracias a los efectos del contexto, del contacto causal y de los procesos cognitvos compartidos que median entre la mente y el mundo.

3.1. La propuesta de Margolis y Laurence

Llegados a este punto de la exposición, únicamente queda sistematizar de una manera coherente aquello que he defendido en el punto anterior: que tanto las descripciones, como el uso de los términos por parte de los hablantes de una determinada comunidad, como nuestras capacidades cognitivas, tienen su papel en los procesos de categorización.

Afortunadamente, el trabajo de Margolis y Laurence que he utilizado como guía en esta exposición contiene una propuesta completa y que da cuenta de las ventajas de las diferentes propuestas que he revisado hasta ahora. Para ello, los autores sugieren la existencia de cuatro tipos de estructura conceptual (2003: p. 206-207):

- Estructura determinada mediante referencia composicional (compositional reference-determining structure): sería la estructura implicada en los conceptos compuestos: "[...] phrasal concepts such as brown dog have this kind of structure. Brown dog is composed of brown and dog, and its reference is compositionally determinde by the referential properties of its constituents: Somethig fails under brown dog just in case it's brown and dog". Este tipo de estructura permite dar cuenta, mediante el uso de descripciones, de la incapacidad de la teoría del prototipo  para explicar la formación de conceptos compuestos (ya que  parece que los conceptos compuestos  no son , por decirlo de alguna manera, la suma de sus prototipos).

- Estructura no semántica (non-semantic structure): estructura no implicada en la determinación del contenido (significado) de un concepto, pero que contribuye a otras funciones explicativas del mismo (por ejemplo, los efectos de la tipicalidad). Esta estructura sería, en consecuencia, la postulada por el modelo de Mervis y Rosch.

- Estructura semántica no referencial (non-referential semantic structure): estructura que contribuye al contenido de un concepto pero no a su referencia. Estructura, por tanto, basada en el recurso de las descripciones, que no agota el referente del concepto pero permite fijar su significado en diferentes contextos (recuérdese el ejemplo de Pinker sobre el concepto "soltero" en el ámbito judicial).

- Estructura del "mecanismo sustentador" (sustainig mechanism structure): determina las propiedades referenciales de un concepto mediante los mecanismos cognitivos que permiten la relación mente-mundo.Esta sería la estructura que mejor correspondería la modelo de García-Carpintero propuesto en el ámbito de la filosofía del lenguaje: esto es, la referencia de determinados conceptos se establecería mediante el posible uso de descripciones y de un contacto causal con el referente.

4. Conclusiones

La representación del conocimiento es una de los pilares centrales de la ID, por lo que una mejor comprensión del fenómeno de la representación conceptual puede ser de gran ayuda a la hora de diseñar y planificar mejores sistemas de representación y recuperación documental. En los puntos 1.1. y 2.2., he esbozado algunas reflexiones a este respecto, utilizando las propuestas de los teóricos de la referencia directa y el trabajo de Barsalou sobre las categorías ad hoc. Finalmente, con la presentación del modelo de Margolis y Laurence, disponemos de un modelo adecuado que da cuenta de las problemáticas analizadas en este artículo y que, de nuevo, pueden tener una notable influencia en la ID: pienso en particular en el diseño de ontologías, pero también en la integración de folksonomias y sistemas  controlados, con el fin de crear entornos que exploten al máximo las peculiares características de nuestros procesos cognitivos.

Bibliografía

Barsalou, Laurence W. Ad hoc categories (en línea).  <http://psychology.emory.edu/cognition/barsalou/papers/Barsalou_entry_in_press_ad_hoc_categories.pdf>.  [Consulta: 29 enero 2010].
  
Barsalou, Lawrence W. "The inestability of graded structures". En: Neisser, Ulrich (ed.). Concepts and conceptual development: ecological and intellectual factors in categorization.  Cambridge [etc.] : Cambridge University Press, 1989. p. 101-140.

García-Carpintero Sánchez-Miguel, Manuel .  Las Palabras, las ideas y las cosas : una presentación de la filosofía del lenguaje. Barcelona: Ariel, 1996. 562 p.

Kripke, Saul . Naming and necessity. Oxford: Basil Blackwell, 1981.172 p. 

Margolis, Eric; Laurence, Stephen. "Concepts". En: Stich, Stephen P.; Warfield, Ted A. (eds.). The Blackwell guide to the philosophy of mind. Oxford: Blackwell, 2003. p. 190-213.

Pérez Otero, Manuel (2006). Esbozo de la filosofía de Kripke. [Barcelona]: Montesinos.
   
Pinker, Steven. Cómo funciona la mente. Barcelona: Destino, 2001. 862 p. ISBN 8423332691. 

Reeves, Lauretta M.; Hirsh-Pasek, Kathy; Golinkoff, Roberta. "Palabras y significado: de los elementos simples a la organización compleja". En: Gleason, Jean Berko; Ratner, Nan Berstein (eds.). Psicolingüística. 2ª ed. Madrid: McGraw-Hill, D.L. 2001. p. 169-245.

lunes, 4 de enero de 2010

Caminos cruzados: relaciones entre Ciencia Cognitiva e Información y Documentación

Resumen

Información, conocimiento, cognición: estos conceptos son moneda común en el campo de la Información y Documentación, pero sólo a partir de la aparición de las Ciencias Cognitivas a mediados del pasado siglo adquirieron un papel operativo en la epistemología contemporánea. ¿En qué medida sería beneficioso un acercamiento por parte de los bibliotecarios-documentalistas al aparato conceptual de las Ciencias Cognitivas?

Introducción

¿Por qué deberían interesar las Ciencias Cognitivas (CC, en adelante) a los profesionales de la Información y la Documentación (ID, en adelante)?

Un primer conato de respuesta haría consideración al hecho de que la ID (en cualquiera de sus denominaciones: Biblioteconomía, Documentación, Bibliotecología, Library Science,…) es una disciplina claramente centrada en el usuario: ¿no sería natural, entonces, preocuparse por una megadisciplina como las CC, que intentan comprender el funcionamiento de la mente humana?

Al punto anterior, centrado en el fundamento de la ID, podríamos añadir otra consideración de carácter socio-económico, recurriendo a la esencia misma de la Sociedad de la Información: según Castells (la referencia ineludible en este ámbito), por primera vez en la historia la mente humana se erige como la principal fuerza productiva (Castells, 2000).

No obstante, en el actual panorama de la ID, ambas consideraciones no parecen muy prometedoras en el intento de justificar un acercamiento por parte de los bibliotecarios-documentalistas al mundo de las CC. Pues, ¿no tenemos ya aplicaciones lo suficientemente satisfactorias como para no habernos de preocupar de cómo se supone que funciona la mente? Este enunciado se puede entender como una variante de los presupuestos de un sector del conjunto de profesionales de la ID: en el actual escenario económico, la profesión debería dar un giro y reducir sus contenidos y fundamentos “humanísticos”, acercándose a un modelo más actual y flexible, centrado en las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), especialmente la informática, y en sus aplicaciones derivadas. Nada de disquisiciones teóricas: seamos pragmáticos.

Por su parte, aquellos profesionales que sí están interesados en el carácter humanístico y social de la disciplina, contraatacan con argumentos que, cuando menos, dan que pensar. Así, López López, sostiene que:

“[…] esta área de conocimiento [la ID] se concibe, para algunos, exclusivamente como una formación profesional; al menos, así la conciben aquellos que rechazan la reflexión intelectual y social, expulsándola, con esta actitud, del rango de disciplina universitaria.”

Y continúa argumentando que:

“[…] el foro profesional de referencia en España (Iwetel) soporta bastante mal intervenciones de tono social, que rápidamente provocan rechazos bajo el argumento -por parte de los moderadores- de que “politizan” la lista de discusión, o de que “no interesan” a la mayoría. Argumento este bastante peregrino, ya que hay muchos temas que pueden ser igualmente minoritarios y que se publican sin plantearse cuánta “audiencia” tienen (piénsese en cualquier asunto especializado: documentación musical, duplicados de revistas, bibliotecas especiales, etcétera). “(López, 2007: p 448).

Desconozco el contenido de las intervenciones a las que hace referencia López López, por lo que haríamos bien en conceder a los moderadores de Iwetel el sano beneficio de la duda. Pero la inversa también es cierta: López López es uno de los mayores expertos a nivel estatal en la investigación de las relaciones entre el mundo bibliotecario y diversos aspectos sociales (es, por ejemplo, miembro del Equipo de Educación en Derechos Humanos de la sección española de Amnistía Internacional), por lo que su testimonio puede contar con nuestra credibilidad.

Este tipo de discusiones no hace más que mostrar lo que Thomas S. Kuhn expresó en su obra clásica La estructura de las revoluciones científicas (Kuhn, 2006): que la ciencia, como actividad humana que es, no está libre de los diversos intereses de los participantes implicados, y que cuando los argumentos fallan o no convencen por sí mismos, son las diversas formas de satisfacción de esos intereses las que pasan a primer plano.

Por mi parte, no tengo ningún problema en conceder que ambas posturas, la “tecnológica” y la “humanística”, están lo suficientemente bien fundamentadas y son lo suficientemente relevantes como para que sean tomadas en consideración: hay sitio para todos.

Y ésta será, precisamente, la línea central que recorrerá mi argumento en favor de un acercamiento de los bibliotecarios-documentalistas al aparato conceptual de las CC. Éstas (las CC) no son un campo dedicado a dar cobijo a las elucubraciones de filósofos aburridos, sino que han dado lugar a una plétora de aplicaciones sorprendentes en las más diversas áreas. No obstante, dichas aplicaciones encuentran su fundamento en la idea que la mente es un tipo especial de ordenador (o, si se prefiere, de procesador de símbolos), idea que es producto de unos presupuestos intelectuales y sociales que, al menos (y nos quedaríamos muy cortos), pueden rastrearse hasta el periodo histórico conocido como la “modernidad”.

De esta manera, podemos afirmar que las CC han proporcionado y proporcionan a la ID herramientas realmente valiosas (piénsese en el diseño de interfícies), pero lo han hecho a partir de una serie de compromisos teóricos: en pleno siglo XXI, sostengo que una mejor comprensión de esos principios puede proporcionarnos mejores servicios y productos documentales.

Este artículo está, por tanto, estructurado en dos partes:

En la primera, rastrearé el papel que las discusiones sobre el conocimiento y la naturaleza de la mente han jugado en el ambiente intelectual y social del pasado siglo XX. Como puede verse, esta estrategia no busca centrarse únicamente en la Sociedad de la Información, o en una exposición directa de los principios de las CC, sino que abarcará los dos grandes periodos sociales anteriores: la modernidad y la postmodernidad. La relación entre estos tres periodos es multifacética y, por tanto, problemática, pero su interacción ha acabado definiendo la supremacía de lo mental en nuestra era. Así, mediante su examen podemos obtener importantes frutos para nuestros intereses.

En la segunda, trazaré las que considero las principales relaciones entre las CC y la ID. Dado que este es un bloc dedicado a la exploración de estas relaciones, aquí no podrá sino primar lo indicativo sobre lo exhaustivo.

Una advertencia antes de comenzar: me he sentido libre de, en la primera parte, centrarme en aquellos hechos o personajes sobre los que existe cierto consenso sobre su papel “clave” en la conformación del panorama intelectual del pasado siglo. Es inevitable, por tanto, que el texto adolezca de lagunas que confío que el lector pueda superar recurriendo a la bibliografía adecuada.

Hecha la advertencia, comencemos.

1. El camino hacia la mente
1.1. Primer esbozo: ciencia y modernidad

¿Qué es la modernidad?: para Anthony Giddens

“[…] la noción de “modernidad” se refiere a los modos de vida u organización social que surgieron en Europa desde alrededor del siglo XVII en adelante y cuya influencia, posteriormente, los han convertido en más o menos mundiales.” (Giddens, 1999: p. 15).

El siglo XVII fue la era de la Ilustración. Como es bien sabido, en este periodo crucial para la civilización occidental la razón se propone como única fuente de legitimación y de autoridad, en contraste a la fe o a la tradición. No puedo analizar en profundidad la Ilustración, ni la modernidad, en todas sus facetas: para nuestros intereses, me limitaré a ofrecer unas breves consideraciones sobre el papel de la ciencia en esta etapa (extraídas de la obra de Dennis Ford The search for meaning: en adelante, me limitaré a mencionar el número de página cuando sea necesario).

Como sucede con todo movimiento social o intelectual, no podemos ofrecer una fecha exacta del momento en que la ciencia comenzó a conformarse tal y como la conocemos hoy día (o, al menos, tal y como la conocemos en su imagen popular). No obstante, sí que podemos analizar aquellos giros intelectuales que han ayudado al proceso. En el caso de la ciencia, el primer giro significativo fue proporcionado por Aristóteles, gracias a la crítica de las formas ideales de su maestro Platón.

¿Qué es una “forma ideal”?: muy brevemente, Platón propuso que las entidades de este mundo son lo que son (una silla, un árbol,…) en virtud de corresponder con formas ideales que existirían en, literalmente, otro mundo. La correspondencia podría ser más o menos perfecta, cosa que explicaría la variación existente dentro de un grupo de las susodichas entidades (así, no todas las sillas son iguales, por ejemplo, pero siguen siendo sillas en virtud de su correspondencia con la idea “silla”).

Para Aristóteles, en cambio, las ideas de Platón no tienen una existencia independiente de las entidades concretas que podemos percibir. Si podemos reconocer la categoría “silla” es porque todas las sillas comparten una serie de características que pueden ser reveladas por la mente en este mundo. No hay necesidad de recurrir a la existencia de un mundo inaccesible de formas ideales: todo lo que necesitamos está aquí abajo:

“Plato’s transcendent Forms became an inherent or imminent structure in this world. Because the Forms were now located in this, rather than in a transcendent world, this world became more important.” (p. 84)

Junto a esta crítica a las formas ideales de Platón, en el pensamiento de Aristóteles destaca la distinción entre “cualidades primarias” y “cualidades secundarias” (p. 82): las cualidades primarias son aquellas que hacen que una entidad sea lo que es, son intrínsecas a la entidad; en contraste, las cualidades secundarias son aquellas que nosotros percibimos en las entidades. Quizá un ejemplo pueda aclarar la distinción:

Examinemos una silla. De ella podemos decir que tiene un cierto peso, una determinada altura,…: todas ellas son sus cualidades primarias. También podemos decir de nuestra silla que es, digamos, marrón en sus patas y negra en su asiento: estas son cualidades secundarias, que percibimos con nuestros sentidos y que no afectan a la esencia misma de nuestra silla, puesto que yo podría ser ciego y nuestra silla continuaría teniendo un cierto peso, una determinada altura,….

Como podemos ver, la distinción de Aristóteles entre cualidades primarias y secundarias es la base de la distinción entre “objetivo” y “subjetivo” en la ciencia:

“Early scientists adopted Aristotle’s distinctions by defining the primary categories or qualities as those that are abstract, measurable, objective, and mathematical (size, shape, number, weight, motion), which inhere in the object “out there”, whereas the secondary qualities are those that the senses perceive or the mind assembles, which reside in the human subject (such as colour, shape, taste, touch, smell, and ideologies).” (pp. 84-85).

¿Cómo hemos de incrementar, pues, nuestro conocimiento del mundo (de este mundo) y de sus entidades? No puede ser, obviamente, a través de las cualidades secundarias, puesto que estas son subjetivas y, por tanto, sujetas a error, una cuestión de opinión y de prejuicio. Tendrá que ser mediante el examen de las cualidades primarias, objetivas, medibles, accesibles sólo mediante la razón:

“In short, for the scientific mind, “all that mattered was matter”. Physical matter contains an inherent structure or harmony that can be described by the alphabet of mathematical and mechanical principles or laws; we obtain knowledge to the extent that we progressively discover and more closely match our thoughts to this underlying, if invisible and abstract, order.” (p. 86)

Para la primera mente científica, en consecuencia, las preguntas relevantes no son las del tipo “por qué” sino las del tipo “cómo”. Dicho de una manera más técnica, la teleología (el “por qué”) se sustituye por un concepto mecanicista de la causalidad:

“The task of understanding and explanation tus becomes a process of analyzing events into a sequence of simpler, atomistic events whose cause-and-effect relationships are governed by unchanging, universal natural laws.” (p. 89)

Entendido el universo de esta manera, la ciencia adquiere un estatus superior a cualquier otro sistema de creencias porque es capaz de predecir fenómenos y, en consecuencia, controlarlos. Así, la ciencia nos permite progresar: mejor tecnología, mejores aplicaciones médicas,…: en suma, mejor “calidad de vida”.
La lista de personalidades que entre los siglos XVI-XVII se adhirieron y/o impulsaron la revolución científica incluye personajes históricos de la talla de Galileo, Copérnico, Newton, Kepler,… No obstante, una vez probado su éxito, los principios básicos de la ciencia y su metodología de difundieron en el tiempo y entre las más diversas disciplinas del conocimiento:

“The great figures of the modern era share the common characteristic of explaining phenomena by tracing them to their simpler physical antecedents. Or, to say this in another way, each of them saw and explained the universe as a great machine. Huston Smith succinctly summarizes this story; “For Newton, stars become machines. For Descartes, animals are machines. For Hobbes, society is a machine. For LaMettrie, the human body is a machine. For Pavlov and Skinner, human behaviour is mechanical”. Darwin and his successors traced the evolution of humankind to simpler and early forms of life and eventually to their chemical components. In so doing, human life lost its uniqueness. Marx reduced human history and idealism (including religion) to impersonal economic forces. […]. Eventually, mind itself was reduced to chemical reactions and the neutralizing solvent of a wholly materialistic physics. Along with mind, of course, the scientific mind also dissolved free will, moral values, motivations, ideologies, politics, the soul, and a meaningful end, as each was, in turn, reduced to indifferent, mechanistic causes.” (p. 94)

Como mencioné en la introducción, el proceso de mecanización del universo iniciado con la revolución científica acabará desembocando, en el s.XX, en la mecanización de la mente humana.

1.2. Segundo esbozo: la postmodernidad

Como hemos visto en el apartado anterior, la racionalidad es un componente fundamental de la modernidad y la de la mentalidad que ésta contribuyó a crear (especialmente, pero no únicamente, en el mundo Occidental). Giddens habla, en este sentido, de la “índole reflexiva de la modernidad”:

“La reflexión de la vida social moderna consiste en el hecho de que las prácticas sociales son examinadas constantemente y reformadas a la luz de nueva información sobre esas mismas prácticas, que de esa manera alteran su carácter constituyente.” (Giddens, 1999: p. 46).

De la mano de la racionalidad y de sus aplicaciones (técnicas), la noción de progreso adquiere el carácter de una nueva religión secular, o mejor, una religión en la que la razón es su principio vertebrador, y que promete a la humanidad una vida de constantes mejoras y avances en todos los ámbitos.

Pues bien, desde finales del s. XIX aparecen en el panorama intelectual un conjunto de pensadores cuya finalidad será desenmascarar estos dos supuestos centrales de la modernidad (la naturaleza desinteresada de la razón y la noción asociada de progreso): poco a poco, el pensamiento se adentra en la postmodernidad.
Recordemos cómo finalizaba la cita de Ford con la que he concluido el apartado anterior:

“Along with mind, of course, the scientific mind also dissolved free will, moral values, motivations, ideologies, politics, the soul, and a meaningful end, as each was, in turn, reduced to indifferent, mechanistic causes.”

Es importante entender que este proceso de “disolución” está implícito en la dinámica de la mente moderna. No podría ser de otra manera: la fundamentación de la justificación para nuestras creencias en leyes universales, observables, medibles, objetivas, deja fuera a una gran parte de la experiencia humana. Los absolutos, pues, los imperativos morales que decían al hombre qué es bueno o qué debería hacer, se quiebran bajo el peso de la razón y su método científico, ya que estos pueden ser examinados y acusados de “subjetivos”: éste es precisamente el sentido del famoso eslogan de Nietzsche “Dios ha muerto”.

¿Qué nos queda después de la muerte de Dios, de los absolutos? Sin una justificación externa, basada en la ley universal, para la conducta humana, lo que tenemos es

“[…] una situación desprovista de valores verdaderamente incuestionables que se pudieran contraponer a los tradicionales y decadentes, la cual crea en los hombres la más absoluta incredulidad, una tendencia hacia la autodestrucción –y aún el suicidio- y una visión absolutamente desengañada del hombre y de la existencia.”
(Nietzsche, 2002: p. 13)

Una situación que Nietzsche caracterizó como “nihilismo” (Nietzsche no fue el primero en utilizar el término, pero sí quién le dio un contenido filosófico más pleno y fructífero). Nietzsche pretendió combatir esta tendencia del hombre europeo con su propia filosofía: una denuncia de esos valores “decadentes” (que él identifico con los valores propios de la cultura occidental, entre ellos la supremacía de la razón), una invitación a la creación de valores propios, personales, una invitación a la vitalidad y a la jovialidad, antes que a la desesperación.

Además, ¿en qué sentido es “cierto” el conocimiento que nos proporciona la ciencia? ¿No está entre los presupuestos de la empresa científica que todo conocimiento es revisable en sus fundamentos, sometible a crítica, refutable? ¿No es la crítica continuada, precisamente, aquello que caracteriza al pensamiento moderno y a su noción de progreso?:

“Se dice frecuentemente que la modernidad está marcada por el apetito por lo nuevo, pero esto quizás no es del todo correcto; lo que es característico de la modernidad, no es el abrazar lo nuevo por sí mismo, sino la presunción de reflexión general en la que naturalmente, se incluye la reflexión sobre la naturaleza de la misma reflexión.” (Giddens, 1999: p. 46; el énfasis es mío).

El ciclo virtuoso de la razón que somete a escrutinio crítico a sus propios fundamentos sólo puede llevar a la consideración de que el conocimiento que obtenemos es provisional, esto es, sólo es cierto hasta que se demuestre lo contrario:

“Aunque la Ilustración y, por tanto, el proyecto moderno debían eliminar la incertidumbre y la ambivalencia, la razón autónoma siempre tendría sus dudas. Estaba obligada a ello si quería evitar volver a caer en el “dogma”. La relatividad del conocimiento quedó incorporada al pensamiento moderno.” (Lyon, 2000: p. 23).

¿Y qué decir de la distinción entre “objetivo” y “subjetivo”? Nietzsche emprendió una crítica feroz a la epistemología moderna, a la creencia en un método objetivo para descubrir la verdad “ahí fuera”. Por un lado, la creencia en leyes inmutables de la naturaleza es una ficción: la realidad es fluida, en perpetuo devenir, no está fijada de una vez por todas. Por el otro, los sentidos, propone Nietzsche, no nos engañan, no hay propiamente un contraste entre “objetivo” y “subjetivo” porque, en todo momento, únicamente podemos conocer el mundo mediante nuestros sentidos: la “cosa-en-sí” kantiana es un absurdo, nuestro acto de “conocer” está contaminado por prejuicios, ficciones, intereses que nada tienen que ver con lo objetivo:

“El carácter interpretativo de todo acontecer. No hay ningún suceso en sí. Lo que acontece es un grupo de fenómenos seleccionados y resumidos por un ser interpretador.” (Nietzsche, 2002: p. 26)

“No se encuentra en las cosas nada más que lo que uno mismo ha introducido en ellas: ¿a este juego infantil del que no deseo pensar mal se le llama ciencia? […].” (p. 36)

¿Y el progreso? ¿Progreso hacia dónde? Los conflictos bélicos, los campos de concentración, los totalitarismos y las injusticias que durante el s. XX han sembrado el mundo de muertos no son precisamente un síntoma de progreso (Fullat, 2002).

De esta manera, durante el pasado siglo diversos pensadores han profundizado en la crítica de los supuestos morales y/o epistemológicos de la modernidad: Heidegger, Foucault, Derrida, Deleuze,…En lo que queda de apartado, voy a centrarme en la obra que introdujo la denominación “postmoderno” en el discurso intelectual contemporáneo: me refiero a La condición postmoderna, de Jean-François Lyotard.

El primer párrafo de la introducción de la obra ya deja bastante a las claras la finalidad de la misma:

“Este estudio tiene por objeto la condición del saber en las sociedades más desarrolladas. Se ha decidido llamar a esta condición “postmoderna”. El término está en uso en el continente americano, en pluma de sociólogos y críticos. Designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas del juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. Aquí se situarán estas transformaciones con relación a la crisis de los relatos.” (Lyotard, 2006: p. 9)

¿Qué hemos de entender exactamente por la “crisis de los relatos”? Anteriormente, hemos visto que el pensamiento moderno encontraba su apoyo en dos grandes ideas: la objetividad de la ciencia y la noción de progreso. En la medida en que podamos decir que la ciencia, efectivamente, hace progresar a las sociedades modernas, el conocimiento que ésta nos proporciona queda legitimado:

“El conocimiento moderno se justifica en relación con grandes narraciones [ie., “relatos”] tales como la creación de riqueza o la revolución de los trabajadores. Nos liberaremos si comprendemos mejor nuestro mundo.” (Lyon, 2000: p. 35).

¿Qué pasa cuando es la idea misma de progreso la que se cuestiona? ¿Qué pasa cuando descubrimos que puede que la ciencia no sea tan objetiva como pensábamos?: que el conocimiento, y la capacidad de la ciencia para determinar qué es “bueno” (el progreso) y qué es “malo”, pierden su legitimación, esto es, su justificación.

Recordemos que según el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española), una de las acepciones de “justificar” es “Probar algo con razones convincentes, testigos o documentos”. En la exposición de Lyotard, pues, ya no podemos probar con razones convincentes que el conocimiento científico sea el paradigma del conocimiento por excelencia:

“Las sociedades denominadas modernas fundan sus discursos de verdad y de justicia sobre grandes relatos históricos y también científicos, unos y otros se colocan en la línea de una impresionante odisea progresista. Pues, bien; en las sociedades postmodernas, en las cuales vivimos, lo que no se encuentra es precisamente la legitimación de lo verdadero y de lo justo… Ya nadie cree en salvaciones globales.” (Lyotard, citado en Fullat, 2002: p. 137).

¿Dónde encontrar, pues, la legitimación para el conocimiento en las sociedades postmodernas?

Desde su inicio, con la aplicación de un método estable, las ciencias no han dejado de diversificarse en las más diversas disciplinas. Cada disciplina establece sus propios intereses teóricos, su aparato conceptual, sus programas de investigación y determina la pertinencia del estudio de determinado tipo de fenómenos. Lo que tenemos, en suma, son “juegos de lenguaje” (noción que Lyotard toma prestada del filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein), esto es, diversas formas de comunicación equivalentes entre sí en cuanto a valor de verdad, puesto que su legitimación no proviene de un relato externo, sino de la aceptación de las “reglas” del juego en cuestión por parte de los participantes implicados (Lyotard, 2006: p. 27).

Lyotard identificó a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) como el elemento clave para el proceso de deslegitimación de la ciencia moderna. Y esto debido a que con las TIC las preguntas relacionadas el valor intrínseco o con los fines del conocimiento son sustituidas por la preocupación por el rendimiento, la eficacia y la productividad de los sistemas (Lyon, 2000: p. 36). O, lo que es lo mismo, las TIC imponen su propio juego de lenguaje, hasta el punto que toma forma de conocer que no se adecue a sus reglas puede ser considerado como “no-conocimiento”. En palabras del propio Lyotard:

“Es razonable pensar que la multiplicación de las máquinas de información afecta y afectará a la circulación de los conocimientos […]. En esta transformación general, la naturaleza del saber no queda intacta. No puede pasar por los nuevos canales, y convertirse en operativa, a no ser que el conocimiento pueda ser traducido en cantidades de información. Se puede, pues, establecer la previsión de que todo lo que en el saber constituido no es traducible de ese modo será dejado de lado, y que la orientación de las nuevas investigaciones se subordinará a la condición de traducibilidad de los eventuales resultados a un lenguaje máquina. […]. Con la hegemonía de la informática, se impone una cierta lógica, y, por tanto, un conjunto de prescripciones que se refieran a los enunciados aceptados como “de saber”.” (Lyotard, 2006: p. 16)

1.3. Tercer esbozo: Sociedad de la Información… ¿y del Conocimiento?

La postmodernidad no es la causa directa del advenimiento de lo que se ha dado en llamar la Sociedad de la Información (SI). Más bien, el surgimiento de ésta responde a la reestructuración del sistema capitalista, proceso que se ha visto favorecido por la aparición y difusión de las TIC.

En este sentido, Manuel Castells optó por profundizar en la naturaleza de la SI desarrollando un análisis autónomo de sus principios y de los efectos de las TIC (especialmente Internet) sobre las prácticas humanas en las sociedades contemporáneas (Castells, 2000).

No obstante, algunos autores postulan una cierta continuidad entre determinados principios presentes en la modernidad y en la postmodernidad y la SI. Y en ellos me voy a centrar en este apartado: concretamente, hablaré de la fe en el progreso mediante la aplicación de la tecnología, de la disolución de principios morales absolutos y de la relativización del conocimiento.

En primer lugar, la noción de progreso mediante el desarrollo tecnológico como religión secular propia de la modernidad ha encontrado eco en la SI (Lyon, 2000: p. 102), de la mano de las aplicaciones de las TIC, o, más concretamente, de la mano de la apropiación por parte de la sociedad de las TIC. Gracias a esta apropiación, la tecnología ha transformado su estatus moderno, esto es, la de principal factor productivo en la economía, para pasar a ser una parte integrante de la vida de los individuos, proceso en el cual, aparentemente, todos salimos ganando. Se habla así de democratización del ciberespacio, de nuevas oportunidades laborales, de crecimiento económico,..., en suma, de mayores cuotas de bienestar, lo que representa, según la expresión de Franco Berardi, una “ideología felicista” (Gimeno, 2007: p. 139):

“En este orden de cosas, coexisten dos tipos de discurso en el seno de las nuevas tecnologías comunicacionales: uno, técnico, laico, referente a las necesidades de las máquinas; otro, hechizante, ideológico, religioso, referido al carácter milagroso, sobrenatural, omnipresente y todopoderoso de los media. Religión y técnica se hallan aquí entrelazadas [...].” (Gimeno, 2005: p. 234)

En segundo lugar, el vacío dejado por la “muerte de Dios” (Nietzsche) ha sido compensado con la filosofía postmoderna del “todo vale” (Fullat, 2002), o del “hazlo tú mismo”, principio que en la SI ha recibido la denominación “ciberpunk”. Y es que la denominada Web 2.0 ha jugado un papel fundamental en la reivindicación de la libertad del individuo para construir su propia historia, para elegir sus propios valores y para articular sus propias redes sociales, en un proceso de multiplicación de roles o yoes. Es interesante constatar, por tanto, que el fenómeno de las redes sociales ha alcanzado su máxima dimensión gracias a Internet, y que, no obstante, reproduce las tendencias del mundo físico inauguradas por los pensadores postmodernos:

“[...] las resonancias entre el espacio ciber y el mundo físico son parte del entramado de causas que explican la tendencia hacia una progresiva descentralización de las identidades individuales y colectivas. Un fenómeno centrífugo de esas características conlleva, en su nivel más elevado, la fragmentación de la identidad individual en torno a múltiples y variables referentes simbólicos. [...]. Pero ese individualismo tiene una vertiente netamente social y abierta, dado que está basado en la elección por parte del sujeto de sus redes de sociabilidad, que suelen responder a intereses específicos (comunidades especializadas) y son variables y flexibles, de fácil entrada y salida.” (García; Ruiz; Domínguez, 2007: p. 132).

En tercer lugar, y como ya apuntaba Lyotard hace 20 años, las tecnologías informáticas han contribuido a desplazar las cuestiones sobre la finalidad del conocimiento en favor de la preocupación por el rendimiento y la eficacia:

“El paradigma digital encierra, asimismo, un sistema de valores de contenido “neomecanicista”, que conforma la ideología de la comunicación. La filosofía que subyace en este sistema de valores, en esta ideología, es que todo fenómeno natural, social y biológico o humano es material, de cálculo lógico y, como tal, lo reconstruye. Así, la relación entre las tecnologías, y fundamentalmente de la información, y la organización social se estrecha. La dimensión ordenancista y normativizadora de las tecnologías de la información domina amplias parcelas de organización social [...]. Todo ello bajo el imperativo de la razón de la eficacia, de la racionalidad del pensamiento, de la productividad, fundamentado en la infalibilidad de las máquinas inteligentes.” (Gimeno, 2005: p. 227)

Dado el papel central de la información como factor de producción en la Nueva Economía, la preocupación por el rendimiento y eficacia del conocimiento ha quedado epitomizada, a mi modo de ver, en dos fenómenos recientes: la implantación definitiva del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), y la primera crisis económica global del denominado “capitalismo cognitivo” (Gimeno, 2007: p. 134), inaugurada oficialmente en el año 2007.

Ambos fenómenos se encuentran inextricablemente ligados, ya que han explicitado la voluntad de diversos agentes sociales y/o político-económicos de acelerar la transición de la SI a la Sociedad del Conocimiento (SC), aquella en la que los hábitos y actitudes en la recopilación, acceso, recuperación, difusión, uso y generación de información sean incorporados al modo de hacer y pensar cotidianos (Martí, 2007: p. 20).

Y es que el actual mercado laboral, marcado por el énfasis en la flexibilidad, en el trabajo en equipo y en la figura del pluriespecialista (Urrutia, 2008: p. 92), demanda aptitudes y actitudes muy diferentes a aquellas del trabajador moderno:

“Culturalmente, se han creado las condiciones para pasar de una concreta y aceptada dimensión económico-social a otra en la que prevalece el “no trabajo”, es decir, formas de ocupación que hace solo unos pocos años se habrían considerado impracticables: nuevos servicios que requieren una buena dosis de inventiva, la capacidad de adecuarlos, continuamente, a las exigencias de cada consumidor y la flexibilidad necesaria para aceptar un curso de la demanda completamente imprevisible.” (Gaggi; Narduzzi, 2008: p. 20)

“Estamos ante el nacimiento de la sociedad y de la economía del “pleno desempleo”, es decir, de una forma distinta de empleo y de un modo asimismo innovador de contratación y de desarrollo del propio trabajo en el tiempo. […]. En suma, al hablar del pleno desempleo nos referimos a nuevas formas de trabajo: tan distintas de las del siglo pasado como para aparecer a los ojos de la mayoría como una especie de no empleo, dada la eventualidad y la flexibilidad de puestos y contratos.” (p. 24)

Nos encontramos así ante la necesidad de adoptar nuevos estilos cognitivos de aprendizaje, de desarrollar la capacidad de acceder, seleccionar y evaluar de forma crítica la información que se necesite en cada momento en función de la tarea (Martí, 2007: p. 27).

Y esto en un momento histórico en el que, como mantenían los postmodernos, el conocimiento no encuentra su legitimidad en la correspondencia con una realidad “ahí fuera”, sino en los juegos de lenguaje utilizados por cada comunidad:

“El constructivismo social […] mantiene que el conocimiento, científico o de otro tipo, no se obtiene a través de significados objetivos sino que es construido por medio del discurso social. […]. Esta propuesta se fundamenta en la asunción básica de que el conocimiento nunca es cierto por sí mismo sino que responde a una verdad contextualizada en una cultura, una situación, un lenguaje, una ideología o en alguna otra condición social. Ningún punto de vista es más válido que otro, porque todos los puntos de vista están incrustados en un determinado contexto social que les dota de significado. Una visión construccionista de la sociedad no asume que l información o el conocimiento sean ni objetivos ni subjetivos. Más bien, entiende que el conocimiento está formado contextual y dialógicamente. […]. Para este enfoque, el conocimiento es un constructo social que es creado por las personas a través de la negociación.” (García; Ruiz; Domínguez, 2007: p. 126).

El enfoque del constructivismo social es criticable (véase, por ejemplo, Boghossian, 2009), pero está claro que es un fenómeno facilitado y propiciado por la negociación de significados que tiene lugar en el seno de las diversas comunidades del ciberespacio:

“Para que un determinado adquiera carta de naturaleza social, es preciso antes alcanzar un consenso básico en aquellos protocolos de interpretación de los fenómenos sociales que convierten en significativos los acontecimientos de la vida cotidiana. Dicho consenso se alcanza mediante la “negociación de significados”. […]. Aplicando este proceso a la interacción en comunidades en red, la negociación de significados deriva en un componente identitario […]. Por un lado, los participantes se sienten miembros activos de una comunidad en la medida en que son capaces de negociar afirmativamente sus identidades de participación en el seno de la comunidad. Y, al tiempo, a comunidad se afirma a sí misma en tanto que grupo social con identidad específica, tras someter esa identidad a un proceso de negociación colectiva.” (García; Ruiz; Domínguez, 2007: pp 136-137).

La SC, por tanto, es el objetivo prioritario en la agenda de los diversos poderes políticos y económicos de nuestras sociedades, con la participación indispensable de los agentes educativos.

2. Relaciones entre CC e ID

Ya hace unos 50 años que la ciencia cognitiva se estableció de manera “oficial” como ámbito autónomo del conocimiento: concretamente, el psicólogo Howard Gardner menciona el Simposio sobre Teoría de la Información realizada en el Instituto de Tecnología de Massachussets, celebrado entre el 10 y el 11 de septiembre de 1956 como fecha histórica para su desarrollo.

El mismo Gardner define la ciencia cognitiva como un esfuerzo contemporáneo de base empírica para responder a interrogantes epistemológicos relacionados con la naturaleza del conocimiento, sus elementos constituyentes, sus fuentes, su evolución y su difusión (Gardner, 2000: p. 21). Si esta definición puede parecer amplia, es debido a la peculiar naturaleza de la ciencia cognitiva: ésta no puede entenderse como una disciplina, sino más bien como una federación de disciplinas que incluye la filosofía, la psicología, la antropología, las ciencias de la computación, la lingüística, la inteligencia artificial, la neurociencia, la sociología,…

Dado que cada disciplina posee sus propios métodos de investigación y sus propios intereses, sería razonable esperar una diversidad de enfoques en el estudio de la mente dentro de la CC. Y eso es justo lo que tenemos: así, por ejemplo, mientras que la psicología cognitiva realiza experimentos controlados con sujetos humanos para postular diversas explicaciones, con base computacional, del comportamiento de los mismos, la inteligencia artificial intenta implementar en máquinas los sistemas simbólicos necesarios para simular una conducta inteligente; mientras que los filósofos se dedican a la investigación de los conceptos que constituyen los pilares de los enfoques experimentales y computacionales del estudio de la mente (la naturaleza de la representación, de la computación,…), los neurocientíficos se dedican al estudio del cerebro mismo; etcétera,… (Thagard, 2008).

No obstante, es de la zona de confluencia entre estas disciplinas de donde se obtienen los resultados y las aplicaciones más fructíferas:

“La mejor manera de comprender la complejidad del pensamiento humano consiste en utilizar múltiples métodos, en especial, en combinar experimentos psicológicos y neurológicos con modelos computacionales. En términos teóricos, la idea más fructífera ha sido el enfoque computacional-representacional de la mente.” (Thagard, 2008: p. 28).

El “boom” de la CC y, a un nivel popular, de todo lo relacionado con la mente y la inteligencia, no es en absoluto casual: en el primer apartado he tratado de mostrar que los debates sobre qué conocemos, cómo podemos conocer, qué legitima el conocimiento que poseemos y qué finalidad tiene el conocimiento han estado presentes en las sociedades “avanzadas” desde la época de la modernidad, pasando por la postmodernidad y alcanzando su máxima actualidad en la Sociedad de la Información. La CC ha integrado todas estas cuestiones en un marco conceptual operativo y coherente, aunque no exento de problemas, disputas y polémicas, que ha mostrado su potencial en todas las aplicaciones que se han derivado de él.

En este sentido, el filósofo Manuel Garrido habla del triunfo del “hombre de Turing”, en honor al matemático Alan Turing, que en su ensayo ¿Puede pensar una máquina?, de 1950, fue el primero en establecer una analogía directa entre la mente humana y un ordenador digital:

“El hombre de Turing nos brinda una pintura científica de nosotros mismos como máquinas pensantes o entes computacionales que enfatiza al máximo la relevancia de nuestra condición tecnológica. Es una tesis susceptible de ser calificada, por una parte, de anticartesiana, en la medida en que implica negar la distinción ontológica entre el sujeto pensante o res cogitans y la cosa material o res extensa; pero también es susceptible de ser calificada de ultracartesiana al extender al propio sujeto cognoscente la visión mecanicista del universo.” (Garrido, 1999: p. 639).

Para los profesionales de la ID, entender los principios básicos subyacentes de la CC puede significar conectar con la forma contemporánea de entender el conocimiento, la mente y en el mundo en que vivimos, proporcionándonos en el camino nuevas formas de evaluar nuestras prácticas profesionales, nuestros productos y nuestros servicios y, cómo no, herramientas para elaborar nuevos productos y servicios que se adecuen a esta nueva realidad epistemológica y social, vertebrada en torno a la figura del “hombre de Turing”.

La aproximación de la ID a las CC no es nueva: tuvo su apogeo a finales de la década de 1980, de la mano de autores como Belkin, Kulthau, Dervin, Ellis o Ingwersen. Lo que compartían las propuestas de estos autores es el hecho de considerar los procesos involucrados en la recuperación de la información como “cognitivos” (Nolin, 2007), es decir, procesos mentales de manipulación de la información (input) mediante representaciones (reglas lógicas, conceptos, esquemas,…) que producen una determinada repuesta del usuario (output).

Esta concepción ha sido objeto de críticas justificadas: por una parte, la perspectiva cognitiva clásica en ID se encontraba demasiado centrada en el proceso de búsqueda de información; por otra, con el énfasis en los procesos computacionales, presentaba a un usuario aislado, separado de cualquier interacción social y ambiental (Nolin, 2007).

Esta última objeción constituye lo que se viene denominando el “reto social” para la CC, ya que una concepción de la mente como un procesador de información puede obviar las ricas interacciones sociales de las que todos participamos, y que son igual de importantes en el procesamiento de la información que cualquier otro modo de representación. Aún así, como apunta el científico cognitivo Paul Thagard, este reto, y otros relacionados, pueden encontrar una respuesta apropiada expandiendo el modelo de la mente computacional – representacional (Thagard, 2005): así, por ejemplo, la psicología social da buena muestra de fenómenos como los sesgos grupales y los prejuicios basándose en el modelo computacional clásico, y la epistemología social se preocupa por determinar las condiciones que posibilitan que un determinado grupo social pueda generar conocimiento verdadero.

Es importante hacer estas matizaciones, porque en una sociedad 2.0, donde la comunicación y la interrelación están a la orden del día, podríamos tener la sensación de que las CC no tienen nada interesante que aportarnos, salvo más discusiones académicas. Ya he apuntado que las condiciones sociales de procesamiento de información y creación de conocimiento tienen un lugar relevante y prometedor en las CC contemporáneas. Pero es que, además, el dinamismo del fenómeno 2.0, donde el usuario participa activamente en la creación y gestión de contenidos no implica un abandono total de la planificación de servicios, sino más bien todo lo contrario:

“La auténtica relación de una compañía con un cliente no se comunica a través del marketing, por muy persuasivo que sea. […]. Esta relación es continuada y real sólo cuando la empresa parece innovar y responder de inmediato a las nuevas necesidades o, mejor todavía, anticiparse y responder a ellas por adelantado. Es algo que no se puede lograr con los focus groups ni con la investigación de mercado, pero que exige que quienes fabrican coches, móviles, vídeos y pañales comprendan estos productos y el papel que pueden desempeñar en nuestra vida mejor que nosotros mismos.” (Rushkoff, 2007: pp 223-224).

Como este es un blog dedicado a explorar las relaciones entre CC e ID, aquí sólo puedo apuntar cuáles de entre ellas son, a mi juicio, las más significativas, y sólo de un modo amplio, genérico. Para ello, he decidido elaborar una tabla donde, como podrá verse, la primera columna corresponde a las áreas de ID implicadas y, la segunda, a las áreas de la CC que se pueden conectar con ellas. Como se suele decir en estos casos, la lista no pretende ser exhaustiva, sino sólo indicativa:

- Análisis de contenido: Gramática textual, Psicolingüística, Filosofía del lenguaje.
- Gestión del conocimiento: Epistemología, Psicología social / Cognición social, Filosofía del lenguaje.
- Sistemas de organización y recuperación: Inteligencia artificial, Psicolingüística, Filosofía del lenguaje,  Filosofía de la ciencia, Psicología del pensamiento, Psicología social / Cognición social, Procesamiento    del   lenguaje natural.
 -Recuperación de información: Inteligencia artificial, Psicolingüística, Filosofía del lenguaje, Filosofía de la mente.

3. Conclusión

Las cuestiones relacionadas con la mente y la epistemología, gracias al nuevo capitalismo cognitivo, están aquí para quedarse. Una profesión como la ID, dedicada a la gestión de la información y a otras áreas relacionadas, como la gestión del conocimiento, puede aprovecharse del asombroso aparato conceptual que ha producido la CC para diseñar servicios y productos que, cada vez más, se basan en la personalización a gusto del usuario. No se trata de que los bibliotecarios-documentalistas sean capaces de argumentar en términos conceptuales o técnicos sobre tal o cual teoría: el interés por las CC tiene una finalidad claramente pragmática, por lo que no hay conflicto alguno entre una postura que defienda un acercamiento CC-ID y las tendencias más claramente orientadas a las nuevas tecnologías.

Bibliografía

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